Comparto con ustedes la primera lectura de la misa de hoy martes y un pequeño comentario.
La lectura es del primer libro de Samuel (1, 10-20) :
"Ana, con el alma llena de amargura, oró al Señor y lloró desconsoladamente. Luego hizo este voto: «Señor de los ejércitos, si miras la miseria de tu servidora y te acuerdas de mí, si no te olvidas de tu servidora y le das un hijo varón, yo lo entregaré al Señor para toda su vida, y la navaja no pasará por su cabeza».
Mientras ella prolongaba su oración delante del Señor, el sacerdote Elí miraba atentamente su boca. Ana oraba en silencio; sólo se movían sus labios, pero no se oía su voz.
Elí pensó que estaba ebria, y le dijo: «¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? ¡Ve a que se te pase el efecto del vino!»
Ana respondió: «No, mi señor; yo soy una mujer que sufre mucho. No he bebido vino ni nada que pueda embriagar; sólo me estaba desahogando delante del Señor. No tomes a tu servidora por una mujer cualquiera; si he estado hablando hasta ahora, ha sido por el exceso de mi congoja y mi dolor».
«Vete en paz, le respondió Elí, y que el Dios de Israel te conceda lo que tanto le has pedido».
Ana le dijo entonces: «¡Que tu servidora pueda gozar siempre de tu favor!» Luego la mujer se fue por su camino, comió algo y cambió de semblante.
A la mañana siguiente, se levantaron bien temprano y se postraron delante del Señor; luego regresaron a su casa en Ramá. Elcaná se unió a su esposa Ana, y el Señor se acordó de ella. Ana concibió, y a su debido tiempo dio a luz un hijo, al que puso el nombre de Samuel, diciendo: "Se lo he pedido al Señor".
Hay dos personajes, en verdad tres: Ana, el sacerdote Eli y Dios.
Ana llega al santuario llevando su amargura por no poder tener familia, y desde ese dolor abre el corazón a Dios y suplica. Oración profunda, como la de muchos de los hombres y mujeres de nuestro pueblo peregrino.
Elí, encerrado en si mismo, siendo sacerdote lo vemos considerando todo superficialmente y creo que la mujer está borracha. Su mala interpretación de la realidad y la falta de delicadeza de preguntar que le pasa, lo lleva a pensar que estaba ebria y la "manda a su casa".
La respuesta de ella es contundente "NO es lo que parece". Le muestra su dolor, y parece que recién allí el corazón de Eli se mueve y llega a profetizar que se iba a cumplir lo que deseaba.
Dios cumple su promesa. Milagro de fecundidad que viene desde el desgarro más profundo del alma de la mujer que logra "robar" la vida nueva.
Elí, si bien no interpreta en un comienzo lo que pasa por el corazón de la mujer, igual es el mediador de lo de Dios.
Este texto es una invitación por un lado a no bajar los brazos ni dejar de insistir a Dios desde lo profundo de las entrañas, y por otro lado a tener una mirada desprejuiciada de la realidad, sabiendo que las apariencias engañan, buscando ser más un puente que alguien que separe.
"Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Vida... eso les anunciamos" (1 Jn 1, 1.3)
martes, 14 de enero de 2014
sábado, 11 de enero de 2014
El Bautismo del Señor - Comentario
Antes de leer el comentario podés
ver y rezar con las lecturas de esta fiesta: http://padrejavierklajner.blogspot.com/2014/01/el-bautismo-del-senor-lecturas.html
Este fin de
semana como Iglesia celebramos la fiesta del Bautismo del Señor.
Es una
invitación a renovar la unción bautismal y a mirarnos como Iglesia,
comunidad de creyentes en la cual hay un
lugar para todos.
¡Qué lindo es escuchar al Padre que dice sobre Jesús. "Éste es mi hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección"! Eso mismo Dios dice sobre nosotros en el Bautismo: "Sos mi hijo querido, tengo puesta mi predilección en ti".
La profundidad de esta elección la podemos comprender con las palabras del profeta Isaías que leemos en la primera lectura: "Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu…, te sostuve de la mano, te formé".
Sostén, elección, formación son verbos que hablan de delicadeza, de deseo profundo del corazón. En este contexto es interesante comprender que el Bautismo no es un mero rito de iniciación a una religión (en este caso la cristiana) ni un acto social, sino la elección de Dios sobre nosotros haciéndonos hijos amados suyos y hermanos entre nosotros. Es una elección con predilección que a la vez nos envía a ser testigos de este amor de predilección.
Cuando uno se siente querido, amado, el corazón rebosa de ese amor y se difunde. Eso se nota en la mirada, los gestos, las pequeñeces. El amor hace superar cualquier limitación.
En un mundo donde somos desechados, es sanante que nos sepamos amados.
Me parece muy iluminador lo que escribe el Papa Francisco en Evangelii Gaudium “Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».” (EG 53)
La respuesta cristiana es clara: sos alguien valioso. No sos algo sino alguien, amado por lo que sos no por lo que haces. Sos creado por amor. Dios no puede dejar de amar lo que el creo; él es fiel aunque nosotros seamos infieles.
Y rescatando lo que soy y ni lo que hago, nos podemos reconocer como hermanos, caminantes, peregrinos, testigos llamados a la misión.
También somos llamados a no hacer acepción de personas como leemos en los Hechos de los Apóstoles en la segunda lectura (Hch 10,34), experimentando y descubriendo que hay un lugar para todos, al menos en la Iglesia, al menos como deseo.
¿Hay lugar para todos? ¿Nos abrimos a lo nuevo?
La apertura a lo nuevo, a lo distinto es lo que le paso a Juan Bautista cuando se le aparece Jesús. No entiende pero obedece. Está abierto a la novedad por eso es testigo privilegiado.
Todos y cada uno de nosotros es un testigo privilegiado del Amor de Dios y somos invitados a compartirlo. Como dice el apóstol Juan “No podes callar lo que hemos visto y oído”
Los obispos en Aparecida y ahora el Papa nos invitan a ser “discípulos-misioneros”: testigos del amor que experimentamos e invitados a compartirlo.
Quizá tendríamos que hacer nuestras las palabras de los apóstoles (Hch 10,38): “El pasó haciendo el bien y sanando a todos”.
Quisiera terminar con esta invitación: abrimos el corazón para que todos tengan un lugar, siendo nosotros quienes ayudemos a superar esta cultura del descarte.
Somos hijos amados, hermanos, familia. Llamados a
hacer el bien y ayudar a sanar los corazones heridos por la exclusión, tanto
social como humana.
El Bautismo del Señor - Lecturas
Este fin de semana celebramos la fiesta del Bautismo del Señor.
Acá podes rezar con las lecturas:
Acá podes rezar con las lecturas:
Lectura del libro del profeta Isaías 42, 1-4. 6-7
Así
habla el Señor:
Este
es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma.
Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones. El
no gritará, no levantará la voz ni la hará resonar por las calles. No romperá
la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Expondrá el derecho
con fidelidad; no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en
la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley.
Yo,
el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé
y te destiné a ser la alianza del pueblo, la
luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la
prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas.
Palabra de Dios.
SALMO Sal
28, 1a y 2. 3ac-4. 3b y 9b-10 (R.: 11b)
R. El Señor bendice a su pueblo con la paz.
¡Aclamen
al Señor, hijos de Dios!
¡Aclamen
la gloria del nombre del Señor
adórenlo
al manifestarse su santidad! R.
¡La
voz del Señor sobre las aguas!
el
Señor está sobre las aguas torrenciales.
¡La
voz del Señor es potente,
la
voz del Señor es majestuosa! R.
El
Dios de la gloria hace oír su trueno:
En
su Templo, todos dicen: “¡Gloria!”
El
Señor tiene su trono sobre las aguas celestiales,
el
Señor se sienta en su trono de Rey eterno.
R.
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 10, 34-38
Pedro,
tomando la palabra, dijo: “Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción
de personas, y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la
justicia es agradable a él.
El
envió su Palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la Buena Noticia de la paz
por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos.
Ustedes
ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del
bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu
Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que
habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él.”
Palabra de Dios.
Evangelio de Nuestro Señor
Jesucristo según Mateo 3, 13-17.
Por entonces
vino Jesús de Galilea al Jordán, para encontrar a Juan y para que éste lo
bautizara. Juan quiso disuadirlo y le dijo: « ¿Tú vienes a mí? Soy yo quien
necesita ser bautizado por ti.»
Jesús le
respondió: «Deja que hagamos así por ahora. De este modo respetaremos el debido
orden.» Entonces Juan aceptó.
Una vez
bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los Cielos y vio al
Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Al mismo
tiempo se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo, el Amado; éste es
mi Elegido.»
Palabra
del Señor.
miércoles, 1 de enero de 2014
María, la Madre de los detalles
Hoy es la fiesta de la Madre de Dios. Hoy terminamos la llamada octava de Navidad.
Tanto la Pascua como la Navidad son tan grandes por el misterio que se revela que la Iglesia lo festeja durante ocho días.
Hoy se nos invita a contemplar a María como Madre de Jesús y nuestra. "Ahí tienen a su Madre" dice el Señor en la cruz, y nos regala a María como nuestra Madre.
Una Madre probada en el dolor, en la paciencia, en el misterio, en la fe.
Una Madre atenta a los detalles como en las bodas de Caná: "No tienen vino" y "robó" el milagro para que la fiesta no se terminara.
Comencemos el año caminando con María, la de los detalles...
Ella nos invita a confiar en Jesús, porque frente problemas ella está:
"No tienen esperanza..." y Jesús te la regala...
"No tienen... (agregá lo que quieras) y pedíselo a Jesús por medio de María, que es el atajo elegido por Jesús.
Un buen año, acompañados por Jesús y María.
Tanto la Pascua como la Navidad son tan grandes por el misterio que se revela que la Iglesia lo festeja durante ocho días.
Hoy se nos invita a contemplar a María como Madre de Jesús y nuestra. "Ahí tienen a su Madre" dice el Señor en la cruz, y nos regala a María como nuestra Madre.
Una Madre probada en el dolor, en la paciencia, en el misterio, en la fe.
Una Madre atenta a los detalles como en las bodas de Caná: "No tienen vino" y "robó" el milagro para que la fiesta no se terminara.
Comencemos el año caminando con María, la de los detalles...
Ella nos invita a confiar en Jesús, porque frente problemas ella está:
"No tienen esperanza..." y Jesús te la regala...
"No tienen... (agregá lo que quieras) y pedíselo a Jesús por medio de María, que es el atajo elegido por Jesús.
Un buen año, acompañados por Jesús y María.
jueves, 26 de diciembre de 2013
Navidad: "La Palabra se hizo carne"
Al principio existía la Palabra,y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.
La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.
(Juan 1, 1-ss)
La Navidad casi es una fiesta de todos, incluso de los que no son cristianos. Es un tiempo de reunión, de memoria, de encuentro.
La noche en la que nació Jesús fue ese tiempo propicio donde se encontraron el hombre y su Dios. Un Dios que se hizo y se sigue haciendo cercano.
Es una invitación a contemplar el Pesebre.
Marìa, José y el Niño, junto a los animales y los pastores. Una sencillez poblada. Un silencio lleno de la Palabra. La pobreza inundada por la riqueza de un Dios fiel. Las tinieblas invadidas por la luz.
El pesebre tiene que ser nuestro corazón, invitado a despojarse de todo aquello que puede ocupar en el corazón el lugar para Jesús.
Es una invitación al silencio contemplativo que deje lugar a la Palabra, para que ella se "haga carne" en nosotros, en nuestras vidas, en nuestra existencia.
Pobreza y silencio que nos haga centrarnos en lo profundo. Descubrir lo superficial que nos aturde y los ruidos que no dejan escucharnos ni escucharlo a Dios.
Pidamos en estos días crecer en el misterio del nacimiento.
Pidamos silencio y contemplación.
María nos conduzca al encuentro con su Hijo.
Bendiciones
P. Javier
martes, 3 de diciembre de 2013
3 de diciembre - San Francisco Javier
Comparto un pedacito de una carta de san Francisco Javier a san Ignacio, tomada del oficio de lecturas...
(De la Vida de Francisco Javier, escrita por H. Tursellini, Roma 1956, libro 4, cartas 4 [1542] y 5 [1544])
Visitamos las aldeas de los neófitos, que pocos años antes habían recibido la iniciación cristiana. Esta tierra no es habitada por los portugueses, ya que es sumamente estéril y pobre, y los cristianos nativos, privados de sacerdotes, lo único que saben es que son cristianos. No hay nadie que celebre para ellos la misa, nadie que les enseñe el Credo, el Padrenuestro, el Avemaría o los mandamientos de la ley de Dios.
Por esto, desde que he llegado aquí, no me he dado momento de reposo: me he dedicado a recorrer las aldeas, a bautizar a los niños que no habían recibido aún este sacramento. De este modo, purifiqué a un número ingente de niños que, como suele decirse, no sabían dis
tinguir su mano derecha de la izquierda. Los niños no me dejaban recitar el Oficio divino ni comer ni descansar, hasta que les enseñaba alguna oración; entonces comencé a darme cuenta de que de ellos es el reino de los cielos.
Por tanto, como no podía cristianamente negarme a tan piadosos deseos, comenzando por la profesión de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, les enseñaba el Símbolo de los apóstoles y las oraciones del Padrenuestro y el Avemaria. Advertí en ellos gran disposición, de tal manera que, si hubiera quien los instruyese en la doctrina cristiana, sin duda llegarían a ser unos excelentes cristianos.
Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!»
¡Ojalá pusieran en este asunto el mismo interés que ponen en sus estudios! Con ello podrían dar cuenta a Dios de su ciencia y de los talentos que les han confiado. Muchos de ellos, movidos por estas consideraciones y por la meditación de las cosas divinas, se ejercitarían en escuchar la voz divina que habla en ellos y, dejando de lado sus ambiciones y negocios humanos, se dedicarían por entero a la voluntad y al arbitrio de Dios, diciendo de corazón: «Señor, aquí me tienes; ¿qué quieres que haga? Envíame donde tú quieras, aunque sea hasta la India.»
(De la Vida de Francisco Javier, escrita por H. Tursellini, Roma 1956, libro 4, cartas 4 [1542] y 5 [1544])
¡AY DE MÍ SI NO ANUNCIARA LA BUENA NUEVA!
Visitamos las aldeas de los neófitos, que pocos años antes habían recibido la iniciación cristiana. Esta tierra no es habitada por los portugueses, ya que es sumamente estéril y pobre, y los cristianos nativos, privados de sacerdotes, lo único que saben es que son cristianos. No hay nadie que celebre para ellos la misa, nadie que les enseñe el Credo, el Padrenuestro, el Avemaría o los mandamientos de la ley de Dios.
Por esto, desde que he llegado aquí, no me he dado momento de reposo: me he dedicado a recorrer las aldeas, a bautizar a los niños que no habían recibido aún este sacramento. De este modo, purifiqué a un número ingente de niños que, como suele decirse, no sabían dis
tinguir su mano derecha de la izquierda. Los niños no me dejaban recitar el Oficio divino ni comer ni descansar, hasta que les enseñaba alguna oración; entonces comencé a darme cuenta de que de ellos es el reino de los cielos.
Por tanto, como no podía cristianamente negarme a tan piadosos deseos, comenzando por la profesión de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, les enseñaba el Símbolo de los apóstoles y las oraciones del Padrenuestro y el Avemaria. Advertí en ellos gran disposición, de tal manera que, si hubiera quien los instruyese en la doctrina cristiana, sin duda llegarían a ser unos excelentes cristianos.
Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!»
¡Ojalá pusieran en este asunto el mismo interés que ponen en sus estudios! Con ello podrían dar cuenta a Dios de su ciencia y de los talentos que les han confiado. Muchos de ellos, movidos por estas consideraciones y por la meditación de las cosas divinas, se ejercitarían en escuchar la voz divina que habla en ellos y, dejando de lado sus ambiciones y negocios humanos, se dedicarían por entero a la voluntad y al arbitrio de Dios, diciendo de corazón: «Señor, aquí me tienes; ¿qué quieres que haga? Envíame donde tú quieras, aunque sea hasta la India.»
viernes, 4 de octubre de 2013
Palabras de Mons. Mario Poli en el templo de San Ignacio
Homilía en la Celebración Penitencial
unida a la celebración eucarística
con motivo de la profanación del Templo
de San Ignacio
Esta tarde nos alberga este antiguo y bello templo de
San Ignacio de Loyola, por cierto el más antiguo, diseñado y construido en el
siglo XVIII. En este espacio consagrado, vibran voces y pasos de generaciones
de argentinos y se guarda buena parte de la memoria de nuestra historia. Sus
muros e imágenes son testigos silenciosos de gestas patrióticas, como aquella
gloriosa resistencia al invasor inglés en 1807. Aquí se celebraron las sentidas
Exequias por los caídos en la defensa de Buenos Aires y la Acción de gracias a
Dios por habernos librado de la mano del enemigo. En este mismo lugar,
sesionaron agitados cabildos abiertos y no le fueron ajenos los sucesos de Mayo
que gestaron nuestra Nación.
Los artísticos retablos de este solar contienen
numerosos santos, modelos del ideal de santidad en la vida bimilenaria de la Iglesia. Ellos
fueron, mientras peregrinaron en esta vida, los hombres y mujeres de fe, que
amaron a Dios y al prójimo; sus vidas son guías en el camino interior y ejemplo
de seguimiento incondicional del Evangelio. Hoy son nuestros amigos del cielo,
a quienes los católicos recurrimos en nuestras necesidades espirituales y
materiales. Entre tantas imágenes se encuentra la más antigua de la ciudad, Nuestra Señora
de las Nieves, Patrona secundaria de los porteños que la reconocemos como Madre.
El silencio y esta variada iconografía −que nos recuerda la cercanía de la
comunión de los santos−, ofrecen el clima deseado para el recogimiento
interior, y es un remanso espiritual en lo que hoy vive el agitado microcentro
de nuestra ciudad.
Pero, como Uds. saben, no nos ha convocado la
conmemoración del pasado, ni tampoco la belleza de este templo, ni siquiera sus
vínculos a la historia patria o el valioso patrimonio edilicio, sino el triste
y deshonroso hecho de su profanación. Los que la perpetraron, a su paso, dejaron
las huellas de la vieja gramática de la intolerancia, una muestra de
incapacidad para aceptar las diferencias, y pienso también, de desconocimiento
cultural y religioso, porque así los eximimos de mayores responsabilidades.
Profanar significa en sentido amplio, hacer uso indigno de cosas respetables
para otros; faltarle el debido respeto por lo que significa para mi prójimo, en
especial, por sus creencias. En nuestro caso, profanar un espacio consagrado al
culto católico, a las realidades espirituales, es una grave ofensa a Dios y a
los que creemos en Él. Las injurias que se cometen en un templo, afectan y
hieren en cierta manera a toda la comunidad de los creyentes en Cristo, de
quienes el edificio sagrado es signo e imagen.
Quienes lo cometieron tuvieron un particular
ensañamiento con el altar, lugar del sacrificio eucarístico, la Santa Misa. Para
nosotros, el altar es el lugar donde celebramos los sagrados misterios, el
memorial del Señor resucitado, donde Jesús se ofrece a sí mismo por amor a los
hombres, y es por eso que entre tantos nombres que recibe este rito, lo
llamamos el “sacramento del amor”: en él, los cristianos renovamos nuestro
pobre amor humano y tomamos de cada eucaristía lo que necesitamos para seguir
caminando. Advirtamos que el daño material es insignificante, comparado al
espiritual; cuánto más, si pensamos en tantas personas que se reúnen en torno a
este altar para recibir la vida de Dios y renovar así la fe y esperanza.
El nombre propio de este misterio es la Comunión,
porque al celebrarla fieles tan diferentes, sin embargo, se salvan esas
diferencias para constituir una sola Iglesia, unida por el amor de Cristo que
la alimenta con su Cuerpo y su Sangre, presentes bajo los signos sacramentales
que consuelan y fortalecen. En este santo rito, celebrado con los humildes
dones del pan y el vino, hay un misterioso intercambio: la Iglesia hace la
eucaristía y la eucaristía hace la Iglesia. Los cristianos no podemos vivir sin
ella.
Ahora estoy en el altar de la Palabra, la que hemos
proclamado entre cánticos y aleluyas. Los cristianos creemos que es Dios mismo
el que habla y se dirige al corazón del hombre, y cuando la hacemos nuestra no
vuelve a él estéril, sino que da muchos frutos. El libro de Nehemías conduce al
pueblo de Israel que vuelve del exilio persa y encuentra la ciudad de sus
padres desbastada, entre ruinas. Las lágrimas, el desánimo y la tristeza se
convirtieron en alegría cuando el sacerdote leyó el «Libro de la Ley de Dios» y
les interpretó las Escrituras. El pasaje bíblico tiene la virtud de iluminar a
los oyentes de todos los tiempos y parece dedicado a nuestra asamblea cuando se
nos dice: No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de
ustedes. Muchas veces, al concluir la Misa, despedimos a los fieles con esta
sentencia, porque estamos convencidos de que la Ley del Señor alegra el
corazón del hombre, reconforta el alma, es sabiduría del humilde y sus
preceptos son rectos e iluminan los ojos, como enseña el salmo 18.
El Evangelio de San Lucas nos vuelve a sorprender con
el envío de un numeroso grupo de discípulos. El Señor los envía como ovejas
en medio de lobos y el contenido del anuncio gira en torno a dos palabras:
Paz y Reino. Los discípulos saben que son enviados a un mundo hostil, pero de
ningún modo podrán justificarse si hablan o actúan con el mismo método de la agresividad. Como
en otras de sus enseñanzas, hay un claro mandato a renunciar al recurso de la
violencia, porque el Evangelio que se ha de anunciar no necesita más que la
fuerza de su misma verdad y el poder de Dios que lo acompaña. El no llevar nada
para el camino
está en relación con la confianza que hay que poner en quien los envía, pues la
eficacia de la paz que debe anunciar no depende del que la pronuncia, sino de
Él, que es el que envía. La paz que viene de Cristo, no es la que da el mundo
(San Juan), es el cumplimiento pleno de los bienes prometidos por Dios. El
mismo Señor elogia a los que reciben su Paz y viven conforme a ella: Felices
los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9).
Con este lenguaje de paz, los discípulos son enviados a anunciar que el
Reino de Dios está cerca de Ustedes. «Cristo, en cuanto evangelizador,
anuncia ante todo un reino, el reino de Dios, tan importante que, en relación a
él, todo se convierte en "lo demás", que es dado por añadidura (Mt
6,33). Solamente el reino es pues absoluto y todo el resto es relativo.» (EN 8)
Estos textos me hicieron reflexionar sobre este
momento. No perdamos el don de la paz que le da a la Iglesia serenidad y perseverancia,
y tomemos las adversidades del camino como signos de que el Reino está en
gestación. Mientras tanto, nuestra misión es anunciarlo y construirlo entre
nosotros con la persuasiva verdad del Evangelio. La misión que inició Jesús con
el envío de los discípulos está abierta y nos toca continuarla con alegría y
esperanza.
En esta semana, alguien me preguntó qué haría yo si me
encontrase con los jóvenes que cometieron lo que hoy estamos reparando con este
acto penitencial. Lo digo con toda libertad: me encantaría encontrarme con
ellos; amicalmente, por cierto –dejaría el báculo, para que no crean que voy
con un palo…-. Si fuera posible, dejar el túnel de las ideologías y, respetando
la diversidad de ideas, me gustaría trazar un puente que nos una y practicar
con ellos el antiguo arte del diálogo humano. Sentarnos, mirarnos a la cara,
escucharnos y matear si las circunstancias lo permiten: es muy probable que
podamos aprender unos de otros. Por mi parte, les hablaría de Jesús y sus ganas
de encontrarse con ellos. Quizás no sepan que la Iglesia no tiene luz propia,
su luz le viene de Cristo que es Luz del mundo; y esa luminosidad, la comparte
con cada bautizado, para que, donde nos encontremos, hagamos brillar el
Evangelio de la Vida. No
sé, además, si sabrán que la Iglesia arde de deseos por anunciar el Reino y su
justicia, renovando sus métodos y estilo pastoral para realizarlo. Si bien es
cierto que no se pasa gratuitamente el límite que marca la razonable convivencia
humana, −no sin dejar huellas de violencia y ahondar las diferencias hasta el
desencuentro más cruel−, sin embargo, mirando hacia el futuro e imaginando
mejores espacios de convivencia entre los argentinos, sobre todo entre los jóvenes, les propondría apostar a la cultura
del encuentro, como nos invita el Papa Francisco, que movido con la audacia
que da el Espíritu, hoy nos invita a ser creativos y a no claudicar en la
construcción de un mundo más fraterno.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
