miércoles, 26 de mayo de 2010

TE DEUM 25 DE MAYO DE 2010 EN LA BASILICA DE LUJAN

Mensaje de monseñor Agustín Radrizzani, arzobispo de Mercedes-Luján en el Te Deum por el Bicentenario (25 de mayo de 2010)

Señora Presidenta de la Nación Dra. Cristina Fernández de Kirchner,

Excelentísimos Señores Presidentes de países amigos,

Su Excelencia Reverendísima Señor Nuncio Apostólico, Enviado Extraordinario de Su Santidad Benedicto XVI en Misión Especial para participar en los Actos Centrales de la Conmemoración de la Revolución de Mayo,

Queridos hermanos en el Señor.

Al comenzar esta reflexión con ocasión del acontecimiento histórico para nuestra patria que conmemora los 200 años de su nacimiento, entre este 25 de mayo de 2010 y el 9 de julio de 2016, quiero dar un saludo especial a todos los presentes y a aquellos que nos siguen por cadena nacional, de parte de mis hermanos obispos, que desde todas las catedrales de la Argentina, dan gracias a Dios por este aniversario.

Llegamos con gratitud y emoción a este templo, cobijo maternal de todos los argentinos para celebrar el solemne Te Deum.

Queremos ver nuestra historia desde la fe, con sus luces y sus sombras, sus angustias y esperanzas. Mientras sufrimos y nos alegramos, permanecemos en el amor de Cristo, mirando nuestro mundo…(1)

El magno aniversario que nos convoca no nos impide estar preocupados por algunos signos de deterioro de nuestro acervo cultural, heredado de los padres de la Patria, que han hecho de nuestro pueblo ciudadanos convencidos de aquellos valores que dignifican la persona humana. Toda legislación, presente o futura, deberá promover la defensa de la vida, la familia y el bien común. No son estos aspectos conflictivos los que nos ocupan y hoy reclaman nuestra atención, sino aportar desde nuestra identidad y, ante los desafíos de este nuevo siglo, algunas líneas para proyectar el futuro con dignidad.

Buscando iluminar la celebración del Bicentenario como oportunidad de crecimiento, plantearé cuatro dimensiones: memoria, identidad, reconciliación y desafíos.

1. Memoria

Hoy llegamos para rezar, para unirnos en esta oración privilegiada de alabanza que ha acompañado la vida de la iglesia y de los pueblos cristianos desde hace mas de 1600 años - esta es la antigüedad que tiene la oración del Te Deum- . Nuestra Patria también ha recurrido a ella aquél 25 de mayo de 1810, donde los cabildantes profirieron el primer grito de libertad, que llegaría a su formalización y federalización cuando las Provincias Unidas de la América del Sud se reunieran en San Miguel de Tucumán para proclamar la Independencia el 9 de julio de 1816.

Un dato que quiero destacar es que a los pocos días de constituida la Junta de mayo, la cual asumiera la soberanía correspondiente al pueblo por la ausencia del rey de España, tomado prisionero por las tropas napoleónicas, también el cabildo de Luján, precisamente el 17 de junio, mandó oficiar un Te Deum, ante esta misma imagen de Nuestra Señora, por la instalación del primer gobierno patrio (2) y hoy aquí, dos siglos después, a Ella nos volvemos a confiar.

Miramos la historia desde la Providencia, desde el plan de Dios, a pesar de nuestras mezquindades y, bajo este punto de vista decimos que El ha conducido la historia. Nuestro Dios, “fuente de toda razón y justicia”, como expresa el preámbulo de nuestra constitución, nos ha ayudado paternalmente a caminar, a progresar, a organizarnos, a superar conflictos, a abrazar los ideales democráticos, a recibir en nuestro suelo a todos los “hombres de buena voluntad”, a cultivar el espíritu de tolerancia, a promover los amplios y variados caminos de la promoción humana.

Por tanto, damos gracias a Dios por la vida de todos nuestros hermanos que habitan este bendito suelo. Riquezas humanas en las diversas razas, desde los aborígenes hasta las diferentes corrientes migratorias. Y gracias también por las riquezas naturales con que hemos sido beneficiados por el Creador en nuestro vasto territorio.

2. Identidad

Los obispos argentinos decíamos en 2008 “Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza.(…) En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana. Estos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina. (3)

Los mencionados valores, que cimientan nuestra identidad han sido heroicamente vividos por quienes nos dieron independencia y libertad y trazaron sendas para hacer grande y noble nuestra nación. Como ejemplo baste mencionar a dos de nuestros mayores próceres como lo son el General Manuel Belgrano, de profundas convicciones cristianas, el cual pasara en septiembre de 1810 por este santuario y mandase celebrar una misa solemne en honor de la Virgen pidiendo la protección del Señor ante las campañas emprendidas. También el libertador don José de San Martín, desde el año 1813 fue acompañado hasta el final de sus batallas en 1823, por un relicario de Nuestra Señora de Luján.

La posibilidad de convivir en paz aborígenes, mestizos, e inmigrantes que habitan nuestro querido suelo y, hoy conforman la rica amalgama que nos identifica, también la hemos de colocar entre los agradecimientos. Se logró así una cultura, entendiendo por ella el modo de vida de un pueblo, abarcando todos los aspectos: los valores que lo animan y los desvalores que lo debilitan (4).

3. Reconciliación

En este momento crucial debemos estar empeñados por defender a cualquier costo el bien común y la unidad nacional.

Si somos humildes, hemos de hacer nuestra súplica de perdón al Padre de todos por los errores cometidos, por tantos egoísmos que nos llevaron a tremendas luchas fratricidas, desde los inicios de nuestra nacionalidad. Convencidos de la fragilidad de la condición humana, no nos excluimos, como Iglesia de las miserias, aunque la fe en Cristo nos anima y nos hace misericordiosos, ya que el perdón que ofrecemos al prójimo nos obtiene el perdón de Dios (5).

Esa misma fe en Cristo, Señor del mundo y de la historia, nos anima en la esperanza de lograr acá, en este mundo, una mayor transparencia de su luz: suplicamos por una justicia más efectiva, por una mejor y más equitativa distribución de la riqueza, por una mayor independencia de los poderes republicanos. Es una tarea que hacemos todos, contando con la imprescindible ayuda del Señor. Decíamos los obispos en marzo de este año: “La Patria es un don que hemos recibido, la Nación una tarea que nos convoca y compromete nuestro esfuerzo. Asumir esta misión con espíritu fraterno y solidario es el mejor modo de celebrar el Bicentenario de nuestra Patria” (6).

4. Desafíos

La historia es maestra de la vida decía Cicerón. Aprendamos de nuestras crisis, hagamos de nuestros desencuentros una oportunidad de crecimiento. De nada sirve llorar sobre las cenizas. Nunca ha ayudado la falta de esperanza. Solo se puede crecer en la comunión y el amor recíproco.

Debemos afirmar, que el bicentenario es un desafío insoslayable para la democracia argentina. El bicentenario, interpela, interroga, reclama soluciones, estimula a elaborar proyectos políticos, a presentar propuestas sociales y culturales, a mejorar la calidad de nuestras instituciones. Acá se pone en juego nuestra capacidad de ser Nación, que como rezamos en la conocida oración por la Patria, “una Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.”

Estamos ante una oportunidad única, ya sea a nivel mundial, donde la llamada globalización nos desafía a no perder nuestra identidad ni replegarnos sobre nosotros mismos. Se trata de enriquecernos dándonos. También es una ocasión propicia y hasta necesaria para una mayor integración al continente, a la América latina que conforman nuestros hermanos más cercanos: la patria grande soñada por San Martín y por Bolívar.

Como argentinos y argentinas nos debemos un mayor desarrollo federal, sano y armónico. Llevamos transitados el mayor período en régimen democrático de nuestra historia y son apenas 27 años. Hemos de promover, como dice el papa Benedicto “una mayor fidelidad a la democracia, ya que es la única que puede garantizar la igualdad y los derechos de todos” (7). Se trata, explica más adelante en el mismo discurso, de una democracia con valores, es decir que busque la verdad y se pruebe en la justicia.

El desafío de una educación para todos y que, como decía el gran educador de la juventud San Juan Bosco tenga por finalidad lograr “honestos ciudadanos y buenos cristianos”. Otro desafío impostergable será saldar nuestra deuda con los pueblos originarios. Ambas tareas nos permitirán construir nuestro futuro en paz y prosperidad.

Nos debemos un dialogo magnánimo y sereno, que significa abrirnos camino a través de la palabra y para eso debemos escucharnos con respeto y fortalecer el consenso sobre referencias comunes y constantes, más allá de partidismos e intereses personales.

No será tarea fácil incluir a todos, promover la igualdad y el desarrollo social, sin “sobrantes” como dice el documento de Aparecida, aunque también sabemos que sin la presencia y ayuda divina esto es imposible, ya que la mayor pobreza es la de no reconocer la presencia del Misterio de Dios y de su amor en la vida del hombre (8).

Al concluir, queridos hermanos, permítanme dirigir mi oración al Señor por intercesión de su Santísima Madre:

En el bicentenario que comenzamos a celebrar nos ponemos una vez en tus manos María de Luján, para que nos alcances de tu Hijo Jesús la fortaleza y la sabiduría que nos encaminen decididamente hacia la Patria de hermanos que soñamos.

Por eso te pedimos nos concedas Señor:

Humildad para poder servirte en los pobres.

Esperanza para superar las dificultades.

Paciencia para saber construir con generosidad y alegría.

Hambre y sed de justicia para trabajar por un mundo nuevo.

Misericordia para sabernos perdonados.

Un corazón puro para descubrirte en todos.

Ser artesanos de la paz en cada día de nuestra vida.

En una palabra, no avergonzarnos nunca de creer en Ti y vivir con coherencia el Evangelio.

Jesucristo Señor de la historia, te necesitamos. Sé nuestro Pastor y guíanos siempre. Amén.


Notas:

(1) V Conferencia Episcopal Latinoamericana, Documento de Aparecida, Buenos Aires, 2007, n° 22

(2) Vicente Sierra, Historia de la Argentina, Buenos Aires, 1962, tomo V, pg. 61.

(3) Conferencia Episcopal Argentina, Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad, 96° Asamblea Plenaria, noviembre de 2008, n° 9 - 10.

(4) III Conferencia Episcopal Latinoamericana, Documento de Puebla, Buenos Aires, 1979, n° 387

(5) Cfr. Padre Nuestro.

(6) Conferencia Episcopal Argentina, 155° Reunión Comisión Permanente, 10 de marzo de 2010, n° 4

(7) Cfr. Benedicto XVI, Discurso a las asociaciones cristianas de trabajadores italianos, 27 de enero de 2006.

(8) V Conferencia Episcopal Latinoamericana, Documento de Aparecida, Buenos Aires, 2007, n° 405.

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