domingo, 30 de diciembre de 2012

La fe es luz y camino en oscuridad (Misa con Familiares de Víctimas de Cromañón) - Mons. Jorge Lozano


Misa con Familiares de Víctimas de Cromañón
Catedral de Buenos Aires
Predicación del 30 de noviembre de 2012

La fe es luz y camino en oscuridad

Estamos en el contexto de la Navidad. En ella celebramos que Dios se hace hombre, uno de nosotros. ¿Qué significa? Que Aquel que creó el Universo, la rica diversidad vital de nuestro Planeta, Aquel por quien todo existe y se mantiene en la subsistencia, quiso caber en el vientre joven y virginal de María, y ser dado a luz en una gruta en Belén.

La Palabra del Evangelio (que significa Buena Noticia) de hoy nos hace pegar un salto de 12 años: de la gruta de Belén al Templo de Jerusalén. Los actores principales siguen siendo los mismos.

San Lucas nos muestra el espíritu religioso de una familia piadosa que realiza esta peregrinación todos los años. La Ley (Torá) prescribía que todo israelita debía acudir al Templo anualmente en sus tres fiestas más importantes (la Pascua, la fiesta de las Semanas y la fiesta de las Tiendas). Para los niños esta obligación comienza a regir desde los 13 años. San Lucas nos quiere mostrar que Jesús vive esta piedad desde antes de que sea “obligatorio”. Hoy diríamos que es un devoto convencido.

Ellos peregrinan no sólo como familia, sino como parte de un Pueblo creyente.

El Papa Benedicto comenta este texto y nos dice que “al ir tres veces al año al templo, Israel sigue siendo, por así decirlo, un pueblo de Dios en marcha, un pueblo que está siempre en camino hacia Dios, y recibe su identidad y su unidad siempre nuevamente del encuentro con Dios en el único templo”. (Ratzinger, Joseph. La infancia Jesús, Grupo Editorial Planeta, 2012, pág. 126)

Se ve que en la peregrinación Jesús tiene libertad para decidir si va con sus padres, sus amigos del barrio, otros vecinos o familiares. Por eso José y María no notan su ausencia sino hasta la noche en que cada familia se reúne para descansar juntos de la marcha.
Y en ese momento se dan cuenta de que él no estaba en la comunidad peregrina. Regresan entonces a Jerusalén.  

Al encontrarlo en el Templo al menos dos cosas sorprenden a José y María: lo que ven y lo que escuchan. Lo ven “en medio de los doctores de la Ley”, lugar de los grandes (de edad), pero no de los niños; casi una irreverencia. Pero es más sorprendente aún lo que escuchan: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?”. Jesús, con sus apenas 12 años, presenta con claridad su misión y su pertenencia a Dios, su Padre. Una misión que no comprendieron en ese momento a qué se refería. Por eso San Lucas lo consigna con claridad: “Ellos no entendieron lo que les decía”.

Les invito a no pasar de largo ante esta afirmación de San Lucas, que el Papa comenta de este modo: “Incluso la fe de María es una fe ‘en camino’, una fe que se encuentra a menudo en la oscuridad, y debe madurar atravesando la oscuridad. María no comprende las palabras de Jesús, pero las conserva en su corazón y allí las hace madurar poco a poco” (íd., pág 124).

Cómo nos sentimos identificados con esta fe en camino, en medio de la oscuridad.

Hoy nos encontramos en este Templo, al que muchos de ustedes vienen mes a mes, año tras año. Nos mueve el cariño y el amor a quienes murieron de manera incomprensible, absurda, violenta hace ocho años. Como María, guardamos estos acontecimientos en el corazón y los vamos meditando y rumiando. Como si fuéramos amasando el dolor humedecido por las lágrimas, fortaleciendo las manos con el cariño de los hermanos de peregrinación, y en todo sostenidos por el consuelo del Espíritu Santo. También hoy nos reconocemos comunidad en marcha: comunidad identificada en el dolor, en la fe que nos hace hermanos, en la esperanza que nos hace peregrinos.

En la marcha de estos años hubo y habrá obstáculos de afuera y tentaciones de adentro. Ustedes saben a qué me refiero.

De afuera está el ninguneo, las dilaciones, las incomprensiones de la sociedad consumista y egoísta, la mirada fría de algunos observadores y opinólogos, los agoreros del fracaso o los que pretenden diluir el dolor en explicaciones reduccionistas.

A la par, una justicia que va llegando con sus tiempos y sus respuestas. O como le habla la poetisa a la “señora de los ojos vendados”: “Ilumina al juez dormido / apacigua toda guerra /  y hazte reina para siempre /  de nuestra tierra. (…) / / Señora de ojos vendados, / con la espada y la balanza / a los justos humillados / no les robes la esperanza. / Dales la razón y llora / porque ya es hora”. 

Y desde dentro del corazón también experimentamos la tentación de la fatiga, del escepticismo del “nada va a cambiar”, o del “no podemos remar contra la corriente”, la decepción, la postración. Somos débiles y frágiles, aun cuando a la hora de luchar sacamos fuerzas de lugares interiores desconocidos.


Como pueblo en marcha, también atravesamos momentos de la fe que camina en la oscuridad y otros de más luz. Estos últimos siempre los reconocemos en la cercanía de Dios y de los hermanos. ¡Cómo rehacemos fuerzas en cada abrazo y cada beso! ¡En cada mirada cargada de ternura!

En la Navidad Dios se nos hace cercano en la fragilidad del Niño de Belén. Abramos las puertas del corazón para que nos bañe con su luz.

+ Jorge Eduardo Lozano
Obispo de Gualeguaychú

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