viernes, 3 de octubre de 2014

Luján: Camino, Visita, Encuentro, Regreso

Comparto con ustedes un texto del Cardenal Bergoglio... 

Una cosa que quiero decirles y que quizá pueda servirles y que es el carácter explosivo de las cosas de Dios. Esta reunión es un puchito para que se vayan encontrando hasta desembocar con los miles y miles que van caminando Luján.
Las cosas de Dios son levadura, son mucha gracia. Cada uno de los que están aquí ponen su experiencia, su deseo, su organización, su trabajo, sus grupos y estos se van multiplicando de manera muy misteriosa.
Se da una convocatoria que trasciende la mera organización en equipo, eso es constatado en todos los ámbitos. El equipo organiza, prepara todo, pero la convocatoria esta más allá. Quien convoca no nos pertenece. Nosotros somos parte de los convocados. Esto es claro, es importante, hay un peregrinar. Y un peregrinar que se multiplica. Un peregrinar que pone primero el camino. Si uno peregrina, camina. Como el que camina la vida. Dios quiso que su pueblo caminara. Dios no hizo la cosa, “ bueno, ya está, pum!“ y se hizo . La fe se fue gestando en un largo camino. En lo personal también, cada uno de nosotros tiene sus hitos irreversibles, en la vida de ustedes, que los fueron marcando, los fueron sellando.
Es el caminar que Dios quiere para su pueblo, con los momentos importantes del camino
Peregrinar supone tener conciencia que la fe se da en un camino Cuando uno deja de caminar, como que la fe queda clausurada, encapsulada.
Pero pensemos en el día de Luján en la fe del pueblo de Dios que está caminando. Pero significa, no solo como signo, sino como hecho real. Son momentos privilegiados de ese pueblo de Dios que camina
Y también, peregrinar, significa Visita. Caminamos hacia, para visitar, para ver a alguien. Pero la peregrinación culmina con un encuentro con la. Madre, en el descanso, nos vamos a encontrar con Ella, nos esta esperando, la vamos visitar.
En esencia el tercer rasgo de peregrinar supone encuentro También la visita es un encuentro. Encontrarse con otros, es como nos encontramos en el camino, como pueblo caminando, unos con otros.
Pero no se trata solamente que yo me voy a encontrar, porque quizá lo principal es que yo me tengo que dejar encontrar.
Cuando voy en peregrinación, cuando voy caminando para visitar, mi corazón tiene que estar dispuesto para la sorpresa y sino la peregrinación puede ser una huida. Una huida de lo específico Dios: la sorpresa. Ese Dios que viene de manera sorprendente cuando me haga más falta. Pensemos por ejemplo la escena de los discípulos de Emaus, ellos caminaban para visitar, pero estaban huyendo de Dios, estaban huyendo del misterio. No tenían la más mínima intención de dejarse encontrar.
Ahora, este dejarse encontrar, tiene un peso en algo que salió recién, lo diría así: cuando yo voy con mi Parroquia, con mi grupo, con la gente que conozco, me dejo encontrar por la gente que va sola? Me integro con ella? Me integro a su caminar solo? Es apertura de los límites meramente parroquiales, de los movimientos, grupales de la gente que se conoce.
Si no corremos el riesgo de abrirnos al camino, pero cerrados en nosotros mismos. De ir a encontrar a la Virgen pero no dejarnos encontrar con Ella. De encontrar al Pueblo de Dios, ahí porque lo estamos viendo, pero no dejarnos encontrar con el Santo Pueblo fiel de Dios, que tiene algo que decir. Y mucha gente va convocada por la Virgen. Una de las noches en que yo estuve confesando en Luján, noche de la peregrinación, le preguntaba a la gente con quien había venido, a la gente que se confesaba. Y calculo que alrededor del treinta por ciento me dijo vine solo. Eso es lo que constate ahí, no se que valor general tenga. Hay un buen porcentaje que va convocado, si hay quien convoca, convoca la Virgen.
Entonces es importante en el encuentro, donde supone peregrinar, es dejarme encontrar por la sorpresa de Dios en el camino, - que es mi hermano que va solo, que es mi hermano del grupo de otra parroquia, que es mi hermano a quien yo no conozco y yo me dejo integrar a él y lo integro a mi grupo. Eso es comunicación del pueblo, eso es auténtica solidaridad, caminar en conjunto con un vecino común de salvación. Entonces, como resumiendo, peregrinar supone caminar pero en compañía del pueblo de Dios, supone visitar a alguien, supone encontrarme con alguien y dejarme encontrar. Corazón abierto para dejarme encontrar.
El cristiano que no aprende a dejarse encontrar por Jesucristo, con su Santísima Madre, con la Virgen y a dejarse encontrar con el hermano, le falta cinco para el peso, no termina de ser cristiano.
Es como esa parte del Evangelio en que Dios viene y a uno le cambia a la vida. Cuando San Mateo estaba ahí cambiando monedas y cobrando impuestos en la entrada del pueblo, el no lo encontró a Jesús, él se dejó encontrar por Jesús. Entonces ustedes déjense encontrar por toda la gente que no conocen en el camino, entonces se van a sentir mas pueblo de Dios. Menos yo y más nosotros.
Después está el hecho del camino. En el camino hay dos cosas que hay que tener en cuenta: No se camina mirando al suelo, se camina mirando lo que pasa, mirando la realidad, es un símbolo. En el camino tenemos que ir con las cosas que están pasando, por mi corazón, por mi vida, por mi barrio, por mi parroquia, por mi patria, por mi pueblo. El cristiano es siempre el dialogo con la realidad, no es un caminar puramente ascético, así, descarnado... Y es por eso que en el camino entran las preocupaciones, entran los problemas. Que tienen curiosamente su símbolo más cercano en las limitaciones fisicazo de cansancio, o de depre, que le va agarrando a uno cuando ya se hace pesado el camino. Con realidades cercanas que nos tienen que representar a. esas realidades de impotencia, de cansancio, de sufrimiento de nuestro pueblo.
Y a la vez las realidades de alegría, de la frescura que es la gratuidad de Dios. Que a partir de las cosas que vamos viendo allí, que ustedes mencionaron: la realidad de cómo hay que acercarse, si hay que acercarse, por los robos y el alcohol. 0 sea, que de alguna manera, eso coyuntural que no tendría que pasar, parecería, y pasa, no es más que un aspecto de una realidad de nuestro pueblo de Dios, que somos pecadores. La realidad del pecado que tenemos que acompañar, la realidad de la rapiña, la realidad del vicio fácil y cercano.
Se camina en medio de las realidades, nunca ensimismado, sino no es camino cristiano. Y qué es lo que me tira caminar en medio de las realidades?, es la esperanza, o sea siempre se camina en esperanza. Es curioso, en el camino nadie empuja, sino que alguien atrae Acuérdense de la imagen de la esperanza en los primeros cristianos, la esperanza ellos la dibujaban como un ancla. El ancla. Cuando uno está en medio del río, la tira a la orilla, se clava y entonces con la soga vamos acercando la canoa. La esperanza la tenemos clavada mas allá y nosotros tenemos que tener la soga bien agarrada e ir tirando. No vemos quizá. la otra orilla, no la pisamos, pero tenemos la soga y nuestro corazón anclado en la esperanza.
En el camino, uno a Luján lo tiene ya anclado en la esperanza y esto es un signo de lo que es el caminar cristiano. El corazón anclado en lo que está más allá, sin negar lo que está más acá, o sea asumiendo todo esto que acabo de decir: la realidad del pueblo, que es uno mismo. Y nadie puede separarse de su pueblo, uno es en la medida que pertenece a un pueblo, sino no es. El cristianismo de probeta no existe todavía y cuando empiece a ser de probeta deja de ser cristiano.
Y en ese caminar las personas se unen, uno tiene la experiencia de que hay una unidad siempre que nos trasciende: a la pequeña unidad familiar, social Que la unidad misteriosa en la cual estamos reunidos por el Bautismo en Jesucristo, es mucho más grande y ahí debemos estar.
Finalmente hoy tenia ganas de tocar un puntito “el regreso", la capacidad de regresar de la peregrinación. Uno peregrina y después tiene que empezar a actuar eso que es fruto del hombre y la mujer maduros: la capacidad de regresar, de alguna manera, el camino andado, para reconciliarse con las realidades de cada día, para reconciliarse con el pueblo que encontró en el camino y con el cual se dejo encontrar. Para reconciliarse con el pueblo al que pertenece, para reconciliarse con los dolores de ese pueblo, para reconciliarse con las dificultades y las alegrías, para reconciliarse con lo que dejo el pecado, lo cual se da en Jesucristo.
Es propio de la madurez de hombres y mujeres, la capacidad de regresarse. En toda peregrinación, de alguna manera surge como un regreso de la peregrinación. Tenemos momentos en la peregrinación, donde el físico se cansa., hasta parece que uno se deprime: es el regreso.
El regreso a lo habitual, pero con una comprensión nueva de todo lo que hemos vivido hasta antes de la peregrinación Y de ahí seguir caminando sin tener controlado el camino, el camino nunca se controla, el camino nos controla a nosotros. Estas cosas nos pueden servir para ir haciendo el camino a Lujan.

Monseñor Jorge Mario Bergoglio,
Arzobispo de Buenos Aires


¿Por qué caminamos a hacia la Virgen de Luján?


Seguramente conocés muchos jóvenes que caminan a Luján todos los años. Y si nunca lo hiciste te preguntarás por qué millones de jóvenes eligieron hacer este sacrificio, y por qué a Lujan? Por ahí no te lo puedan explicar con palabras, pero está bueno que podamos intentar trasmitir de alguna forma la maravillosa experiencia de Fe que nuestra Madre de Luján nos regala a todos, así somos cada vez más lo jóvenes que recibamos la Gracia bendita de María.

Las respuestas a esta preguntas pueden se de lo más variada, pero lo que casi siempre podemos ver es que lo que mueve al peregrino es la fe.  Así como buscamos siempre las palabras y los mimos de nuestras madres cuando estamos mal o cuando queremos contarle algo grandioso que nos pasó, también todos estos jóvenes eligen a la virgen de Luján como madre para buscar su abrazo. Aunque se nos complique mucho caminar tantas horas, con frío, con lluvia, hacemos lo que para muchos es imposible para llegar.

También ayuda a encontrar una respuesta la historia de la Virgen de Luján y el pueblo argentino ya que es una devoción profundamente encarnada desde hacer 3 siglos. Desde 1630 María cuidó a nuestro pueblo y fue el instrumento de evangelización más grande para hombres y mujeres de esta región. Es por eso que todos los que vivimos en Argentina recibimos de nuestros mayores el testimonio de amor de ellos hacia María y de María hacia sus hijos, que en las historias de muchas de nuestras familias estuvo cuando más se la necesitaba.

Además de ser una peregrinación de tantos jóvenes y de una extensión de nada menos que 70 kilómetros, esta peregrinación se hace desde hace 40 años. Esto quiere decir que ya son varias las generaciones que aún viviendo en culturas tan diferentes como son las de las décadas de los 70, 80, 90 y el nuevo milenio, siguen siendo atraídos por esta imagen tan chiquita y a las vez tan poderosa. Es que pareciera tener un poder especial para acercarnos, encontrarnos, escucharnos y también darnos su mensaje. Muy pronto, desde  la primera peregrinación que fue en 1975, cada primer fin de semana de octubre este vivimos el fenómeno pastoral y cultural más significativo de la juventud en la región de Buenos Aires.

Y se lo tenemos que agradecer a todas las personas que año a año ayudan en esta gran organización, pero también a Dios. Porque sin dudas es una iniciativa de Dios a través de la presencia, la imagen y el santuario de la Virgen de Luján.

Si querés saber mas acerca de la peregrinación no dejes de leer “Seguimos caminando” (Galli, Dotro y Mitchel – Ed. Guadalupe). Un libro que en el 30° aniversario de la peregrinación escribieron muchos que las vivieron todos estos años y que te puede ayudar a conocer el misterio que se da cada año en tantos corazones.


miércoles, 1 de octubre de 2014

Santa Teresita - 1 de octubre

En la fiesta de Santa Teresita comparto un texto de ella. Imperdible...

Teniendo un deseo inmenso del martirio, acudí a las cartas de san Pablo, para tratar de hallar una respuesta. Mis ojos dieron casualmente con los capítulos doce y trece de la primera carta a los Corintios, y en el primero de ellos leí que no todos pueden ser al mismo tiempo apóstoles, profetas y doctores, que la Iglesia consta de diversos miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. Una respuesta bien clara, ciertamente, pero no suficiente para satisfacer mis deseos y darme la paz.

Continué leyendo sin desanimarme, y encontré esta consoladora exhortación: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional. El Apóstol, en efecto, hace notar cómo los mayores dones sin la caridad no son nada y cómo esta misma caridad es el mejor camino para llegar a Dios de un modo seguro. Por fin había hallado la tranquilidad.

Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. En la caridad descubrí el quicio de mi vocación. Entendí, que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno.

Entonces, llena de una alegría desbordante, exclamé: "Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado."

(Manuscrits autobiographiques, Lisieux 1957, 227-229)

martes, 23 de septiembre de 2014

Santo del día - San Pío de Pietrelcina


Heredero espiritual de San Francisco de Asís, el  Padre Pío de Pietrelcina ha sido el primer sacerdote en llevar impreso sobre su cuerpo las señales de la crucifixión. Él ya fue conocido en el mundo como el "Fraile" estigmatizado. El Padre Pío, al que  Dios donó particulares carismas, se empeñó con todas sus fuerzas por la salvación de las almas. Los muchos testimonios sobre su gran santidad  de Fraile, llegan hasta  nuestros días, acompañados por sentimientos de gratitud. Sus intercesiones providenciales cerca de Dios fueron para muchos hombres causa de sanación en el cuerpo y motivo de renacimiento en el Espíritu.

El Padre Pío de Pietrelcina que se llamó  Francesco Forgione, nació en Pietrelcina, en un pequeño pueblo de la provincia de Benevento, el 25 de mayo de 1887. Nació en una familia humilde  donde el papá Grazio Forgione y la mamá Maria Giuseppa Di Nunzio ya tenían otros hijos.

Desde la tierna edad Francesco experimentó en sí el deseo de consagrarse totalmente a Dios y  este deseo lo distinguiera de sus coetáneos. Tal "diversidad" fue observada de sus parientes y de sus amigos. Mamá Peppa contó - "no cometió nunca  ninguna falta, no hizo caprichos, siempre obedeció a mí y a  su padre, cada mañana y cada tarde iba a la  iglesia a visitar a Jesús y a  la Virgen. Durante el día no salió nunca con los compañeros. A veces le dije: "Francì sal un poco a jugar. Él se negó diciendo: no quiero ir porque ellos blasfeman". Del diario del Padre Agostino de San Marco in Lamis, quien fuè uno de los directores espirituales del Padre Pío,  se enteró de que el Padre Pío, desde el 1892, cuando apenas  tenía cinco años, ya vivió sus primeras experiencias carismáticas espirituales. Los Éxtasis y las apariciones fueron tan frecuentes que al niño le pareció que eran absolutamente normales.

Con el pasar del tiempo, pudo realizarse para Francesco lo que fue el más grande de sus  sueños: consagrar totalmente la vida a Dios. El 6 de enero de 1903, a los  dieciséis años, entró como clérigo en la orden de los Capuchinos.  Fue ordenado sacerdote en la Catedral de Benevento, el 10 de agosto de 1910. Tuvo así inicio su vida sacerdotal que a causa de sus precarias condiciones de salud, se desarrollará primero en muchos conventos de la provincia de Benevento. Estuvo en varios conventos  por motivo de salud, luego, a partir del 4 de septiembre de 1916 llegó al convento de San Giovanni Rotondo, sobre el Gargano, dónde  se quedó hasta el 23 de septiembre de 1968, día de su sentida muerte.  

En este largo período el Padre Pío iniciaba  sus días despertándose por la noche, muy antes del alba, se dedicaba a la oración con gran fervor aprovechando la soledad y silencio de la noche.  Visitaba diariamente por largas horas a Jesús Sacramentado, preparándose para la Santa Misa, y de allí siempre sacó las fuerzas necesarias, para su gran labor para con las almas, al acercarlas a Dios en el Sacramento Santo de la Confesión, confesaba por largas horas, hasta 14 horas diarias, y así salvó muchas almas.

Uno de los acontecimientos que señaló intensamente la vida del Padre Pío  fuè lo que se averiguó la mañana del 20 de septiembre de 1918, cuando, rogando delante del Crucifijo del coro de la vieja iglesia pequeña, el Padre Pío tuvo el maravilloso regalo de los estigmas. Los estigmas  o las heridas fueron visibles y quedaron abiertas, frescas y sangrantes, por  medio siglo. Este fenómeno extraordinario volvió a llamar, sobre el Padre Pío la atención de los médicos, de los estudiosos, de los periodistas pero sobre todo de la gente común que, en el curso de muchas décadas  fueron a San Giovanni Rotondo para encontrar al  santo fraile. 
 
En una carta al Padre Benedetto, del 22 de octubre de 1918, el  Padre Pío cuenta su "crucifixión": “¿Qué  cosa os puedo decir a los que me han preguntado como es que  ha ocurrido mi crucifixión? ¡Mi Dios que confusión y que humillación yo tengo el deber de manifestar lo que Tú has obrado en esta tu mezquina criatura!

Fue la mañana del 20 del pasado mes (septiembre) en coro, después de la celebración de la Santa Misa, cuando fui sorprendido por el descanso en el espíritu,  parecido a un dulce sueño. Todos los sentidos interiores y exteriores, además de las mismas facultades del alma, se encontraron en una quietud indescriptible. En todo esto hubo un total silencio alrededor de mí y dentro de mí; sentí  enseguida una gran paz y un abandono en la completa privación de todo y una disposición en la misma rutina.
Todo esto ocurrió en un instante. Y mientras esto se desarrolló; yo vi delante de mí un misterioso personaje parecido a aquél visto en la tarde del 5 de agosto. Éste era  diferente del  primero, porque tenía las manos,  los pies y el costado que emanaban sangre. La visión me aterrorizaba; lo que sentí en aquel instante en mí; no sabría decirlo. Me sentí morir y habría muerto, si  Dios no hubiera intervenido a sustentar mi corazón, el que me lo sentí saltar del pecho.

La vista del personaje desapareció, y  me percaté  de que mis  manos, pies y costado fueron horadados y chorreaban sangre. Imagináis el suplicio que experimenté entonces y que voy experimentando continuamente casi todos los días. La herida del corazón asiduamente sangra, comienza el jueves por la tarde hasta al sábado. Mi padre, yo muero de dolor por el suplicio y por la confusión que yo experimento en lo más  íntimo del alma. Temo  morir desangrado, si  Dios no escucha los gemidos de mi pobre corazón,  y tenga piedad  para retirar de mí esta  situación....”
  
Por años, de cada parte del mundo, los fieles  fueron a este sacerdote estigmatizado, para conseguir su potente intercesión cerca de Dios. Cincuenta años experimentados en la oración, en la humildad, en el sufrimiento y en el sacrificio, dónde para actuar su amor, el Padre Pío realizó dos iniciativas en dos direcciones: un vertical hacia Dios, con la fundación de los "Grupos de ruego", hoy llamados “grupos de oración” y la otra horizontal hacia los hermanos, con la construcción de un moderno hospital: "Casa Alivio del Sufrimiento."  

En  septiembre  los 1968 millares de devotos e hijos espirituales del Padre Pío se reunieron en un congreso en San Giovanni Rotondo para conmemorar juntos el 50° aniversario de los estigmas aparecidos en el Padre Pío y para celebrar el cuarto congreso internacional de los Grupos de Oración. Nadie habría imaginado que  a las 2.30 de la madrugada  del 23 de septiembre de 1968, sería  el doloroso final de la vida terrena del Padre Pío de Pietrelcina. De este maravilloso fraile, escogido por Dios para derramar su Divina Misericordia de una manera tan especial.

Mucha info en:  http://www.padrepio.catholicwebservices.com/ESPANOL/ESPANOL_index.htm


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Padre Nuestro del educador

Padre nuestro que estás en el cielo y también con nosotros. Comenzamos en tu presencia esta jornada de trabajo con espíritu fraterno porque Tú eres nuestro Padre, Tú nos acompañas en este día nuevo que nos entregas y confías, para que seamos luz en el camino de tus hijos y descubramos con ellos que tu reino está en nosotros.
Santificado sea tu nombre. Que te alaben nuestros alumnos y te bendigan al ver nuestras buenas obras; que el nombre del Padre se haga visible en la convivencia familiar de nuestra comunidad educativa.
Venga Tu Reino. El Reino cuya maduración nos confiaste a cada uno de nosotros, que nuestras aulas sean la antesala de una sociedad renovada por la convivencia en la fraternidad.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Que la descubran todos los hombres y la realicen en todas partes, que nosotros la vivamos compartiendo solidariamente las cargas.
Danos hoy nuestro pan de cada día. El pan de la mesa familiar, el pan de la verdad y de la amistad, el pan de los ideales y de los valores que le dan sentido a la vida, el pan de la responsabilidad creadora para que lo compartamos cada día con los alumnos que nos confiaste y así crezcamos con ellos hasta la madurez del hombre nuevo.
Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Perdónanos nuestras mediocridades y nuestras limitaciones culpables, porque con ellas empobrecemos a nuestros alumnos, perdónanos nuestros desalientos y nuestras impaciencias que nosotros comprendamos y perdonemos a nuestros alumnos, como Tú nos comprendes y nos perdonas, que aceptemos a nuestros alumnos como son, para que lleguen a ser mejores.
No nos dejes caer en tentación. De hacer de nuestra vocación una mercancía que se vende y que se compra, de dar una enseñanza comprometida con la vida, de callar por miedo cuando debemos hablar, de desalentarnos ante el peso y las dificultades de cada día, de perder la confianza en nuestros alumnos.
Y líbranos del mal. Del paternalismo que aliena y no deja crecer y del autoritarismo que domestica; líbranos del mal terrible de no amar a nuestros alumnos, porque en ellos está la esperanza de la patria y del mundo del mañana. Amén.

Sí, Padre, así lo queremos, así lo esperamos de tu bondad porque Tú también lo quieres y juntos lo haremos posible.

jueves, 21 de agosto de 2014

Papa Francisco a los catequistas (27 de septiembre de 2013)

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO 
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO INTERNACIONAL 
SOBRE LA CATEQUESIS
Viernes 27 de septiembre de 2013

Queridos catequistas, buenas tardes.

Me alegra que en el Año de la fe tenga lugar este encuentro para ustedes: la catequesis es un pilar maestro para la educación de la fe, y hacen falta buenos catequistas. Gracias por este servicio a la Iglesia y en la Iglesia. Aunque a veces pueda ser difícil, se trabaje mucho, con mucho empeño, y no se vean los resultados deseados, educar en la fe es hermoso. Es, quizás, la mejor herencia que podemos dejar: la fe. Educar en la fe, para hacerla crecer. Ayudar a niños, muchachos, jóvenes y adultos a conocer y amar cada vez más al Señor, es una de las más bellas aventuras educativas: se construye la Iglesia. «Ser» catequistas. No trabajar como catequistas: eso no vale. Uno trabaja como catequista porque le gusta la enseñanza… Pero si tú no eres catequista, ¡no vale! No serás fecundo, no serás fecunda. Catequista es una vocación: “ser catequista”, ésta es la vocación, no trabajar como catequista. ¡Cuidado!, no he dicho «hacer» de catequista, sino «serlo», porque incluye la vida. Se guía al encuentro con Jesús con las palabras y con la vida, con el testimonio. Recuerden lo que nos dijo Benedicto XVI: “La Iglesia no crece por proselitismo. Crece por atracción”. Y lo que atrae es el testimonio. Ser catequista significa dar testimonio de la fe; ser coherente en la propia vida. Y esto no es fácil. ¡No es fácil! Ayudamos, guiamos al encuentro con Jesús con las palabras y con la vida, con el testimonio. Me gusta recordar lo que San Francisco de Asís decía a sus frailes: “Predicad siempre el Evangelio y, si fuese necesario, también con las palabras”. Las palabras vienen… pero antes el testimonio: que la gente vea en vuestra vida el Evangelio, que pueda leer el Evangelio. Y «ser» catequistas requiere amor, amor cada vez más intenso a Cristo, amor a su pueblo santo. Y este amor no se compra en las tiendas, no se compra tampoco aquí en Roma. ¡Este amor viene de Cristo! ¡Es un regalo de Cristo! ¡Es un regalo de Cristo! Y si viene de Cristo, sale de Cristo y nosotros tenemos que caminar desde Cristo, desde este amor que Él nos da.

¿Qué significa este caminar desde Cristo, para un catequista, para ustedes, también para mí, porque también yo soy catequista? ¿Qué significa?

Hablaré de tres cosas: uno, dos y tres, como hacían los viejos jesuitas… Uno, dos y tres.

1. Ante todo, caminar desde Cristo significa tener familiaridad con él, tener esta familiaridad con Jesús: Jesús insiste sobre esto a sus discípulos en la Última Cena, cuando se apresta a vivir el más alto don de amor, el sacrificio de la cruz. Jesús usa la imagen de la vid y los sarmientos, y dice: Permanezcan en mi amor, permanezcan unidos a mí, como el sarmiento está unido a la vid. Si estamos unidos a Él, podemos dar fruto, y ésta es la familiaridad con Cristo. ¡Permanecer en Jesús! Se trata de permanecer unidos a Él, dentro de Él, con Él, hablando con Él: permanecer en Jesús.
Para un discípulo, lo primero es estar con el Maestro, escucharle, aprender de él. Y esto vale siempre, es un camino que dura toda la vida. Me acuerdo de haber visto tantas veces, cuando estaba en la diócesis que tenía antes, a los catequistas salir de los cursos del seminario catequístico, diciendo: “¡Ya tengo el título de catequista!”. Eso no vale, no tienes nada, has dado un pequeño paso. ¿Quién te ayudará? ¡Esto vale siempre! No es un título, es una actitud: estar con Él, y dura toda la vida. Se trata de estar en la presencia del Señor, de dejarse mirar por Él. Y les pregunto: ¿Cómo están ustedes en la presencia del Señor? Cuando vas a la Iglesia, miras el Sagrario, ¿qué hacéis? Sin palabras… Pero yo hablo y hablo, pienso, medito, siento… ¡Muy bien! Pero ¿te dejas mirar por el Señor? Dejarse mirar por el Señor. Él nos mira y ésta es una manera de rezar. ¿Te dejas mirar por el Señor? ¿Cómo se hace? Miras el Sagrario y te dejas mirar… Así de sencillo. Es un poco aburrido, me duermo… ¡Duérmete, duérmete! De todas formas Él te mirará, igualmente te mirará. Pero tienes la certeza de que Él te mira. Y esto es mucho más importante que el título de catequista: forma parte del “ser” catequista. Esto caldea el corazón, mantiene encendido el fuego de la amistad con el Señor, te hace sentir que verdaderamente te mira, está cerca de ti y te ama. En una de las salidas que he hecho, aquí en Roma, en una Misa, se me acercó un señor, relativamente joven, y me dijo: “Padre, encantado de conocerlo, pero yo no creo en nada. No tengo el don de la fe”. Había entendido que era un don. “No tengo el don de la fe. ¿Qué me dice usted?”. “No te desanimes. Él te ama. Déjate mirar por Él. Solamente eso”. Y lo mismo les digo a ustedes: Déjense mirar por el Señor. Comprendo que para ustedes no sea tan sencillo: es difícil encontrar un tiempo prolongado de calma, especialmente para quienes están casados y tienen hijos. Pero, gracias a Dios, no es necesario que todos lo hagan de la misma manera; en la Iglesia hay variedad de vocaciones y variedad de formas espirituales; lo importante es encontrar el modo adecuado para estar con el Señor; y esto se puede hacer; es posible en todos los estados de vida. En este momento, cada uno puede preguntarse: ¿Cómo vivo yo este «estar» con Jesús? Ésta es una pregunta que les dejo: “¿Cómo vivo yo este estar con Jesús, este permanecer con Él?”. ¿Hay momentos en los que me pongo en su presencia, en silencio, me dejo mirar por él? ¿Dejo que su fuego inflame mi corazón? Si en nuestros corazones no está el calor de Dios, de su amor, de su ternura, ¿cómo podemos nosotros, pobres pecadores, inflamar el corazón de los demás? Piensen en esto.

2. El segundo elemento es el siguiente: Caminar desde Cristo significa imitarlo en el salir de sí e ir al encuentro del otro. Ésta es una experiencia hermosa y un poco paradójica. ¿Por qué? Porque quien pone a Cristo en el centro de su vida, se descentra. Cuanto más te unes a Jesús y él se convierte en el centro de tu vida, tanto más te hace Él salir de ti mismo, te descentra y te abre a los demás. Éste es el verdadero dinamismo del amor, éste es el movimiento de Dios mismo. Dios es el centro, pero siempre es don de sí, relación, vida que se comunica… Así nos hacemos también nosotros si permanecemos unidos a Cristo; Él nos hace entrar en esta dinámica del amor. Donde hay verdadera vida en Cristo, hay apertura al otro, hay salida de sí mismo para ir al encuentro del otro en nombre de Cristo. Y ésta es la tarea del catequista: salir continuamente de sí por amor, para dar testimonio de Jesús y hablar de Jesús, predicar a Jesús. Esto es importante porque lo hace el Señor: es el mismo Señor quien nos apremia a salir.
El corazón del catequista vive siempre este movimiento de «sístole y diástole»: unión con Jesús y encuentro con el otro. Son las dos cosas: me uno a Jesús y salgo al encuentro con los otros. Si falta uno de estos dos movimientos, ya no late, no puede vivir. Recibe el don del kerigma, y a su vez lo ofrece como don. Esta palabrita: don. El catequista es consciente de haber recibido un don, el don de la fe, y lo da como don a los otros. Y esto es hermoso. ¡Y no se queda para sí su tanto por ciento! Todo lo que recibe lo da. No se trata de un negocio. No es un negocio. Es puro don: don recibido y don transmitido. Y el catequista se encuentra allí, en ese intercambio del don. La naturaleza misma del kerigma es así: es un don que genera la misión, que empuja siempre más allá de uno mismo. San Pablo decía: «El amor de Cristo nos apremia», pero este «nos apremia» también puede traducirse como «nos posee». Así es: el amor te atrae y te envía, te atrapa y te entrega a los demás. En esta tensión se mueve el corazón del cristiano, especialmente el corazón del catequista. Preguntémonos todos: ¿Late así mi corazón de catequista: unión con Jesús y encuentro con el otro? ¿Con este movimiento de “sístole y diástole”? ¿Se alimenta en la relación con Él, pero para llevarlo a los demás y no para quedárselo él? Les digo una cosa: no entiendo cómo un catequista puede permanecer firme sin este movimiento. No lo entiendo.

3. Y el tercer elemento –tres– va siempre en esta línea: caminar desde Cristo significa no tener miedo de ir con Él a las periferias. Aquí me viene a la memoria la historia de Jonás, una figura muy interesante especialmente en nuestros tiempos de cambio e incertidumbre. Jonás es un hombre piadoso, con una vida tranquila y ordenada; esto lo lleva a tener sus esquemas muy claros y a juzgar todo y a todos con estos esquemas de manera rígida. Tiene todo claro: la verdad es ésta. Es inflexible. Por eso, cuando el Señor lo llama y le dice que vaya a predicar a Nínive, la gran ciudad pagana, Jonás se resiste. ¡Ir allí! Si yo tengo toda verdad aquí… Se resiste. Nínive está fuera de sus esquemas, se encuentra en la periferia de su mundo. Y entonces huye, se va a España, escapa, se embarca en un barco que zarpa hacia esos lugares. Vayan a leer de nuevo el libro de Jonás. Es breve, pero es una parábola muy instructiva, especialmente para nosotros que estamos en la Iglesia.
¿Qué es lo que nos enseña? Nos enseña a no tener miedo de salir de nuestros esquemas para seguir a Dios, porque Dios va siempre más allá. ¿Saben una cosa? ¡Dios no tiene miedo! ¿Lo sabían? ¡No tiene miedo! ¡Va siempre más allá de nuestros esquemas! Dios no tiene miedo de las periferias. Y si ustedes van a las periferias, allí lo encontrarán. Dios es siempre fiel, es creativo. Por favor, no se entiende un catequista que no sea creativo. Y la creatividad es como la columna vertebral del catequista. Dios es creativo, no está encerrado, y por eso nunca es rígido. Dios no es rígido. Nos acoge, sale a nuestro encuentro, nos comprende. Para ser fieles, para ser creativos, hay que saber cambiar. Saber cambiar. ¿Y para qué tengo que cambiar? Para adecuarme a las circunstancias en las que tengo que anunciar el Evangelio. Para permanecer con Dios, hay que saber salir, no tener miedo de salir. Si un catequista se deja ganar por el temor, es un cobarde; si un catequista se queda impasible, termina siendo una estatua de museo: ¡y tenemos tantos! ¡Tenemos tantos! Por favor, nada de estatuas de museo. Si un catequista es rígido, se hace apergaminado y estéril. Les pregunto: ¿Alguno de ustedes quiere ser un cobarde, una estatua de museo o estéril? ¿Alguno quiere ser así? [Catequistas: No]. ¿No? ¿Seguro? ¡Está bien! Lo que les voy a decir ahora, lo he dicho muchas veces, pero me sale del corazón. Cuando los cristianos nos cerramos en nuestro grupo, en nuestro movimiento, en nuestra parroquia, en nuestro ambiente, nos quedamos cerrados y nos sucede lo que a todo lo que está cerrado; cuando una habitación está cerrada, empieza a oler a humedad. Y si una persona está encerrada en esa habitación, se pone enferma. Cuando un cristiano se cierra en su grupo, en su parroquia, en su movimiento, está encerrado y se pone enfermo. Si un cristiano sale a la calle, a las periferias, puede sucederle lo que a cualquiera que va por la calle: un percance. Muchas veces hemos visto accidentes por las calles. Pero les digo una cosa: prefiero mil veces una Iglesia accidentada, y no una Iglesia enferma. Una Iglesia, un catequista que se atreva a correr el riesgo de salir, y no un catequista que estudie, sepa todo, pero que se quede encerrado siempre: éste está enfermo. Y a veces enfermo de la cabeza…

Pero ¡cuidado! Jesús no dice: vayan y apáñense. ¡No, no dice eso! Jesús dice: Vayan, yo estoy con ustedes. Aquí está nuestra belleza y nuestra fuerza: si vamos, si salimos a llevar su evangelio con amor, con verdadero espíritu apostólico, con parresía, él camina con nosotros, nos precede, -lo digo en español- nos «primerea». El Señor siempre nos “primerea”. A estas alturas ya han aprendido el significado de esta palabra. Y esto lo dice la Biblia, no lo digo yo. La Biblia dice, el Señor dice en la Biblia: Yo soy como la flor del almendro. ¿Por qué? Porque es la primera que florece en primavera. ¡Él está siempre el “primero”! ¡Es el primero! Esto es crucial para nosotros: Dios siempre nos precede. Cuando pensamos que vamos lejos, a una extrema periferia, y tal vez tenemos un poco de miedo, en realidad él ya está allí: Jesús nos espera en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma sin fe. Una de las periferias que más dolor me causa y que vi en la diócesis que tenía antes, ¿saben cuál es? La de los niños que no saben santiguarse. En Buenos Aires hay muchos niños que no saben santiguarse. ¡Ésta es una periferia! Hay que abordarla. Jesús está ahí, y te espera, para ayudar a ese niño a santiguarse. Él siempre nos precede.

Queridos catequistas, se han acabado los tres puntos. ¡Siempre caminar desde Cristo! Les doy las gracias por lo que hacen, pero sobre todo porque están en la Iglesia, en el Pueblo de Dios en camino, porque caminan con el Pueblo de Dios. Permanezcamos con Cristo –permanecer en Cristo-, tratemos de ser cada vez más uno con él; sigámoslo, imitémoslo en su movimiento de amor, en su salir al encuentro del hombre; y vayamos, abramos las puertas, tengamos la audacia de trazar nuevos caminos para el anuncio del Evangelio.

Que el Señor les bendiga y la Virgen les acompañe. Gracias.

María es nuestra Madre,

María siempre nos lleva a Jesús.

Hagamos una oración, los unos por los otros, a la Virgen.
[Ave María]
[Bendición]

Muchas gracias.

domingo, 17 de agosto de 2014

No nos van a quitar la alegría, el mal no va a vencer.

Parece que alegría dura poco... y la inseguridad no es solo sensación. 

Pasamos del hermoso festejo de ayer a encontrar puertas violentadas junto a rejas rotas.

Las carpas nuevas compradas x los scouts con mucho esfuerzo duraron menos de un año...

Gazebos, mecheros y alimentos q se guardaban para el próximo campamento.

Igual no nos van a quitar la alegría de trabajar x Jesús sirviendo a los demás.

Volveremos a empezar y no bajamos los brazos, el mal no va a vencer.

Señor bendícelos a ellos y a nosotros danos la paz y la generosidad para trabajar y recuperar lo perdido

Que tengamos un lindo domingo en el Señor!