domingo, 1 de mayo de 2011

Beato Juan Pablo II - Homilía del Papa Benedicto XVI en Roma en la misa de Beatificación


"Queridos hermanos y hermanas.

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

"Dichosos los que crean sin haber visto" (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: *(Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo+ (Mt 16, 17). )Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en *Pedro+, la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: *Dichoso, tú, Simón+ y *Dichosos los que crean sin haber visto+. Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

"Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: *Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá+ (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del Evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).

"También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: "Por ello os alegráis", y añade: "No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación" (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. "Es el Señor quien lo ha hecho -dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente", patente a los ojos de la fe.

"Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios -obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojty?a, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojty?a: una cruz de oro, una "eme" abajo, a la derecha, y el lema: "Totus tuus", que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojty?a encontró un principio fundamental para su vida: "Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón". (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).El nuevo Beato escribió en su testamento: "Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszy?ski, me dijo: "La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio". Y añadía: "Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado". ¿Y cuál es esta "causa"? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: "(No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!". Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

"Karol Wojty?a subió al solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su "timonel", el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar "umbral de la esperanza". Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de "adviento", con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

"Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostuvieron mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una "roca", como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.

"(Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Tantas veces nos ha bendecido desde esta misma Plaza. Santo Padre, bendíganos de nuevo desde esa ventana. Amén".

viernes, 22 de abril de 2011

Cardenal Bergoglio en la Misa Crismal

Homilía del Sr. Arzobispo en la Misa Crismal

Cada Jueves Santo, en la Misa Crismal, regresamos al eterno presente de esta escena, en la que Lucas resume simbólicamente todo el ministerio de nuestro Señor. Como en torno a una fuente nos reunimos para escuchar al Señor que nos dice: Esta escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy.

El Señor hace suyo el texto de Isaías para iluminarnos acerca de su persona y su misión. Tiene la humildad de no utilizar palabras propias; simplemente asume lo que profetiza este hermosísimo texto que es continuación del libro de la Consolación.

Nosotros como sacerdotes participamos de la misma misión que el Padre encomendó a su Hijo y por eso, en cada misa Crismal, venimos a renovar la misión, a reavivar en nuestros corazones la gracia del Espíritu de Santidad que nuestra Madre la Iglesia nos comunicó por la imposición de las manos. Es el mismo Espíritu que se posaba sobre Jesús, el Sumo Sacerdote e Hijo amado, y que hoy se posa sobre todos los sacerdotes del mundo y nos envía y misiona en medio del pueblo fiel de Dios.

En el Nombre de Jesús somos enviados a predicar la Verdad, a hacer el Bien a todos y a alegrar la vida de nuestro pueblo. La misión se desplega simultáneamente en estos tres ámbitos. En los dos primeros es claro: todo anuncio del Evangelio se traduce siempre en algún gesto concreto de enseñanza, de misericordia y de justicia. Y esto no sólo como una acción imperativa que vendría después de la reflexión. En la matriz misma de la verdad evangélica lo que ilumina es el amor, y la verdad que brilla más en las parábolas del Señor es la verdad de la misericordia de un Padre que espera a su hijo pródigo, es la verdad que impulsa a salir de sí al corazón compasivo de un Buen Pastor, la verdad que hace el bien. El tercer ámbito, el de la alegría, el de la Gloria que es la belleza de Dios, merece que le dediquemos un momento de reflexión para “sentir y gustar” la Belleza de la misión. Lucas resume la belleza de la misión del Siervo con la imagen de poder vivir un “año de gracia”. Imaginemos un momento lo que significaría para un pueblo, conmocionado incesantemente por la violencia y la inequidad, poder vivir un año tranquilo, un año de celebración y de armonía. El profeta Isaías desarrolla la belleza de la misión con tres imágenes hermosas que giran en torno a la palabra “consolar”. Somos enviados a “consolar a los afligidos, a los afligidos de nuestro pueblo”. Y la consolación consiste en cambiar su ceniza por una corona, su ropa de luto por el óleo de la alegría, y su abatimiento por un canto de alabanza. El profeta habla de “gloria” en vez de “cenizas”, de “óleo de júbilo” y de “palio de alegría” en vez de “espíritu de acedia” o espíritu sombrío (cfr. Is. 61: 1-3).

La alegría y la consolación son el fruto (y por lo tanto el signo evangélico) de que la verdad y la caridad no son verso sino que están presentes y operativas en nuestro corazón de pastores y en el corazón del pueblo al que somos enviados. Cuando hay alegría en el corazón del Pastor es señal de que sus movimientos provienen del Espíritu. Cuando hay alegría en el pueblo es señal de que lo que le llegó –como Don y como Anuncio- fue del Espíritu. Porque el Espíritu que nos envía es Espíritu de consolación, no de acedia.

Sintamos y gustemos un instante estas imágenes de Isaías. Imaginemos a la gente como en los días de fiesta, bien vestida con su mejor ropa, con los ojos contagiados del brillo de las flores con que adorna la imagen de nuestra Señora y de los Santos, cantando y bendiciendo con unción y júbilo interior. ¡Qué bien pintan estas escenas el Espíritu con que Jesús da señales de que habita en medio de su pueblo! No son meramente decorativas. Hacen a la esencia de la misión, a la “dulce y confortadora alegría de evangelizar” que mencionaba Pablo VI, para que “el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza- pueda recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos (el espíritu de la acedia), sino a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (Aparecida 552).

No basta con que nuestra verdad sea ortodoxa y nuestra acción pastoral eficaz. Sin la alegría de la belleza, la verdad se vuelve fría y hasta despiadada y soberbia, como vemos que sucede en el discurso de muchos fundamentalistas amargados. Pareciera que mastican cenizas en vez de saborear la dulzura gloriosa de la Verdad de Cristo, que ilumina con luz mansa toda la realidad, asumiéndola tal como es cada día.

Sin la alegría de la belleza, el trabajo por el bien se convierte en eficientismo sombrío, como vemos que sucede en la acción de muchos activistas desbordados. Pareciera que andan revistiendo de luto estadístico la realidad en vez de ungirla con el óleo interior del júbilo que transforma los corazones, uno a uno, desde adentro.

El espíritu amargado y ensombrecido por la acedia, resume la actitud opuesta al Espíritu de la consolación del Señor. El mal espíritu de la acedia avinagra con el mismo vinagre tanto a los embalsamadores del pasado como a los virtualistas del futuro. Es una y la misma acedia, y se discierne porque trata de robarnos la alegría del presente: la alegría pobre del que se deja contener por lo que el Señor le da cada día, la alegría fraterna del que goza compartiendo lo que tiene, la alegría paciente del servicio sencillo y oculto, la alegría esperanzada del que se deja conducir por el Señor en la Iglesia de hoy. Cuando Jesús afirma “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oir” está invitando a la alegría y a la consolación del hoy de Dios. Y fíjense que de hecho es lo primero que acontece como gracia en el corazón de los presentes quienes, como dice Lucas, daban testimonio y estaban admirados de las palabras de gracia que salían de su boca. Pero la consolación no es una emoción pasajera sino una opción de vida. Y los paisanos de Jesús optaron por la acedia: “Habla bien pero por qué no hace aquí entre nosotros lo que dicen que hizo en Cafarnaúm”. Y vemos la misión universal del Siervo rebajada a una interna entre Nazareth y Cafarnaúm. Las internas eclesiales son hijas de la tristeza y siempre generan tristeza.

Cuando digo que la consolación es una opción de vida hay que entender bien que es una opción de pobres y de pequeños, no de vanidosos ni de agrandados. Opción del pastor que se confía en el Señor y sale a anunciar el evangelio sin bastones ni sandalias de más y que sigue a la paz –esa forma estable y constante de la alegría- dondequiera que el Señor la haga descender.

Este Espíritu de consolación no sólo está en el “antes de salir a misionar”. También nos espera, con su alegría abundante, en medio de la misión, en el corazón del pueblo de Dios. Y si sabemos mirar bien, en el ámbito de la alegría, es más lo que tenemos para recibir que lo que tenemos para dar. Y cuánto alegra a nuestro pueblo fiel poder alegrar a sus pastores. Cómo se alegra nuestra gente cuando nos alegramos con ella, y esto simplemente porque necesita pastores consolados y que se dejan consolar para que conduzcan no en la queja ni en la ansiedad sino en la alabanza y la serenidad; no en la crispación sino en la paciencia que da la unción del Espíritu.

La Virgen, quien recibe en abundancia las consolaciones de nuestra gente –que como Isabel, constantemente le está diciendo “¡feliz de Ti que has creído”, y “bendita entre las mujeres” “bendito el fruto de tu vientre, Jesús!”- nos haga participar de este Espíritu de Consolación para que nuestro Anuncio de la Verdad sea alegre y nuestras obras de Misericordia estén ungidas con óleo de júbilo.

Buenos Aires, 21 de abril 2011

El cardenal Bergoglio en la Maternidad Sarda


Desgrabación de la homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires Cardenal Jorge Mario Bergoglio s.j., en la Maternidad Sardá con motivo del Lavatorio de Pies.

Este fragmento del Evangelio que acabamos de escuchar dice que Jesús nos amó y lo hizo hasta el fin, es decir, todo porque su amor no tiene fin. Y en medio de esa afirmación, San Juan relata lo que hizo Jesús: se levanta de la mesa, se saca el manto, se ciñe una tolla y empieza a lavarle los pies a los discípulos. Esto era muy común en las comidas de esa época entre los judíos pero era un trabajo que hacían los esclavos; era un trabajo despreciable, por eso una persona que era ciudadana nunca lo hacía sino quien lo hacía era el esclavo. Y Jesús se abajó. Tomó forma de esclavo. Y lavó los pies.

Y les dice, como a Pedro, “me seguís en todo o no tenés parte en esto” y después les explica: “Ustedes me dicen que soy el Maestro, el Señor, que soy el que manda. Yo les lavo los pies a ustedes y eso mismo tienen que hacer ustedes”. Servir… lavar los pies como gesto de Servicio. El amor es Servicio, y todas las capacidades que tenemos cada uno de nosotros tienen que estar para servir, y si yo tengo autoridad es para servir. Cada uno tiene que decir: “si yo tengo autoridad es para servir”. Y ustedes mamás que tienen a los chicos que les vamos a lavar los pies, van a tener que servir… ¿Y que es para una mamá servir? Cuidarlos… Educarlos… Ayudarlos a que crezcan… A que sean hombres y mujeres de bien… Para ustedes toda su vida es una vida de Servicio para sus hijos. Una mujer es feliz y da felicidad a su hijo cuando está al Servicio de su hijo o hija para que crezca sano y fuerte.

Jesús nos pide eso: que nadie tenga la nariz muy parada ni que se la crea. El que pueda, el que tenga autoridad, úsela para servir: todo lo demás no vale. Jesús, que es Dios y Hombre, está siempre con las manos abiertas, dando y dándose a los demás. Por eso nos pide que no seamos egoístas porque el egoísta tiene las manos cerradas, siempre agarrando para él. Eso es lo que Jesús nos enseña y por eso en nombre de la Iglesia y en su nombre vamos a repetir el mismo gesto: lavarles los pies a ustedes, mamás y futuras mamás como un gesto de Servicio de todos. Un gesto que es un deseo de lo que la Iglesia quiere hacer siempre: Servir. Aunque a veces no lo logre del todo, lo quiere hacer. Un gesto que tiene que hacer toda persona con poder, autoridad, y posibilidades… y si Dios nos dio todo eso es para servir.

Asique todos juntos ahora vamos a seguir esta ceremonia pero acordémonos del significado: “Ustedes me dicen que soy el Maestro sin embargo estoy para servir”. Entonces cada mamá y cada uno de nosotros piense como podemos servir mejor a los que nos rodean, a mis hijos, a mi familia…

Y que la Virgen, que estaba tan cerca de Jesús y del Padre, nos enseñe a poner todo lo nuestro al Servicio de los demás. Que así sea.

Buenos Aires, 21 de abril de 2011.

Cardenal Jorge M. Bergoglio s.j.

jueves, 10 de marzo de 2011

El ayuno que Dios quiere

Carta del Cardenal Bergoglio con ocasión del inicio de la CUARESMA

Buenos Aires, 9 de marzo de 2011


Los criterios inmediatistas y eficientistas poco a poco han invadido nuestra cultura. El máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo, la inmolación del esfuerzo, del tiempo, de valores profundos y hasta de afectos vitales en vistas a un objetivo de corta duración que se presenta como plenificante en lo social o económico. De esta filosofía de vida, casi aceptada universalmente, no está exenta la vida de fe de los cristianos. Si bien la fe del discípulo se afianza y crece en el encuentro con Jesús vivo, que llega a todos los rincones de la vida y se nutre en la experiencia de ponerse de cara al evangelio para vivirlo como buena noticia que ilumina el andar cotidiano, podemos correr el riesgo de mirarlo de “reojo” y quedarnos sólo con una parte.

Hace algunos domingos, después de pronunciar el Sermón del monte, Jesús nos dijo “para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos”. Frente a esta palabra tan determinante podemos conformarnos con hacer algunas buenas obras y darnos por satisfechos. La propuesta del Señor es más ambiciosa. Nos propone un obrar “desde la bondad” que tiene su raíz en la fuerza del Espíritu que se derrama dinámicamente como don de amor para todo nuestro vivir. No se trata solamente de hacer obras buenas, se trata de obrar con bondad. Estamos en la puerta de la cuaresma y la tentación que podemos tener es la de reducirla a ciertas buenas prácticas que finalizan en la pascua, desperdiciando el caudal de gracia que puede significar este tiempo de conversión para toda nuestra vida.

Nuestro ayuno cuaresmal puede ser rutinario y llegar a ser un gesto maniqueo más que profético consistente en «cerrar la boca», porque la materia y los alimentos son impuros: cuando el ayuno que Dios quiere es partir el propio pan con el hambriento; privarnos no sólo de lo superfluo, sino aún de lo necesario para ayudar al los que tienen menos; dar trabajo al que no lo tiene curar a los que están enfermos en su cuerpo o en su espíritu; hacernos cargo de los que sufren el azote de la droga o ayudar a prevenir la caída de tantos; el denunciar toda injusticia; el trabajar para que tantos, especialmente chicos en la calle, dejen de ser el paisaje habitual; el dar amor al que está solo y no sólo al que se nos acerca.

No creamos que es el comer o el ayunar lo que importa. Lo que hace verdadero el ayuno es el espíritu con que se come o se ayuna. Si pasar hambre fuera una bendición, serían benditos todos los hambrientos de la tierra y no tendríamos porque preocuparnos. «Ningún acto de virtud puede ser grande si de él no se sigue también provecho para los otros... Así pues, por más que te pases el día en ayunas, por más que duermas sobre el duro suelo, y comas ceniza, y suspires continuamente, si no haces bien a otros, no haces nada grande».San Juan Crisóstomo

Jesús ayunó según la tradición de su pueblo pero también compartió la mesa de ricos y pobres, de los justos y pecadores. (Mt. ll,l9).

Ayunemos desde la solidaridad concreta como manifestación visible de la caridad de Cristo en nuestra vida. Así tiene sentido nuestro ayuno como gesto profético y acción eficaz. Así cobra sentido nuestro ayunar para que otros no ayunen. Ayunar es amar.

Necesitamos vivir la profundidad de no darle tanta importancia a la comida de la que nos privamos sino a la comida que posibilitamos a un hambriento con nuestras privaciones. Que nuestro ayuno voluntario sea el que impida tantos ayunos obligados de los pobres. Ayunar para que nadie tenga que ayunar a la fuerza.

Iniciando la cuaresma, benditos sean estos cuarenta días si nos entrenan el corazón en la actitud permanente de partir y repartir nuestro pan y nuestra vida con los más necesitados. Nuestro ayuno no puede ser dádiva ocasional sino una invitación a crecer en la libertad por la cual experimentamos que no es más feliz el que más tiene, sino el que más comparte porque ha entrado en la dinámica del amor gratuito de Dios.

Estamos en un tiempo marcado por la misión, no como gesto extraordinario sino como un modo de ser Iglesia en Buenos Aires. Cada gesto pastoral deseamos que no se agote en sí mismo sino que marque una brecha, genere una actitud que permanezca. En esta línea, queremos que el gesto solidario de cuaresma que realizamos desde hace ya varios años, nos permita rubricar el anuncio de la buena noticia, de que por el bautismo somos una familia que siente y vive como propias las angustias y dolores de todos, y todos los días del año.

Quiero agradecerles todo lo que se ha podido realizar a través de los gestos solidarios de los años anteriores y los animo a que la caridad viva sea el signo que acredite nuestras palabras de anuncio del Reino.


Que Dios los bendiga y le regale una Santa Cuaresma vivida den el amor de Dios por su pueblo

Cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Contemplando el Pesebre en esta Navidad de 2010

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
« ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!» (Lc 2, 1-14)

El tiempo de Navidad es momento de gracia y de oportunidad. Es un tiempo rico para la contemplación del Misterio de Dios que se hace pequeño; es una invitación a descubrir y profundizar en el mensaje de salvación. Es tiempo de identificación con el estilo de vida de Jesús.


El evangelio nos relata que María embarazada y José no encontraban albergue en Belén, y el único lugar para ellos fue un pesebre.


Es muy significativa la frase “no había lugar para ellos” (Lc 2,7)… El Dios creador de todo no tenía un lugar. Ya de grande va a decir “que el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 9,58).


“No había lugar”: Dios se hace pequeñito, se hace bebé, se hace vulnerable, necesitado. Contemplamos al Dios-bebe que necesita del hombre para crecer, para vivir. Rara paradoja: en lugar de nosotros necesitar de Dios, él nos necesita a nosotros.


“No había lugar” en una casa, como no hay lugar muchas veces en el corazón de los hombres. La “casa” es el “corazón”. Corazón muchas veces cerrado por el dolor, los golpes, desengaños o simplemente por un acto de nuestra voluntad que no quiere abrirse.


El misterio que hoy contemplamos nos habla de un Dios que viene porque los hombres no nos acercábamos, en muchos casos por esta cerrazón del corazón.
Si frenamos, y solo contemplamos, descubrimos que la Navidad nos muestra más a Dios que viene, que al hombre que va hacia él. El viene a nosotros y busca lugar. Nos busca, te busca.

Y así es Dios. Golpea la puerta.


Es impresionante ver como las puertas se cerraban a una mujer embarazada. Seguramente veían más un problema que una necesidad a socorrer. Los corazones cerrados no dejan lugar al amor, incluso en hombres y mujeres muy piadosos.


Es muy triste descubrir como las puertas, e incluso la vida, se cierra infinidad de veces a lo que creemos puede generar problemas como lo era una embarazada que viene de Nazaret de Galilea a Belén de Judea.


Pero si nos animamos a ver desde otro ángulo los golpes en la puerta de nuestra vida pueden ser oportunidades, pueden ser las excusas de un Dios que viene a nuestra vida -la tuya y la mía- al que muchas veces no le abrimos el corazón. Y ahí empieza a resonar: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Apoc 4, 20).


La historia continuamente nos presenta situaciones de puertas cerradas, de corazones inmisericordes, de incapacidad de ponerse en el lugar de otro, de egoísmos que no hacen más que invitarnos a vernos el ombligo.

Otro detalle interesante es ver que Jesús no nace en palacios sino en el lugar de los animales. ¡Qué increíble, los animales son los que le dan lugar!


Está rodeado por algunos animales y luego aparecen los pastores, los más humildes de su tiempo. Los que por turnos cuidaban el rebaño en la intemperie. Los sin hogar fijo, los que tienen por techo el cielo con sus estrellas. La Navidad nos invita a aprender del pobre, del humilde.


Nace Jesús en ciudad extraña, entre animales y los más sencillos de su tiempo.


Y hoy, ¿dónde encontraría lugar? ¿Quién le abriría la puerta a unos extraños pidiendo lugar donde dar a luz? ¿Cómo tiene que ser o pensar alguien para que le abra la puerta?


Estas líneas son una invitación a pensar y obrar en consecuencia.

Somos invitados hoy a abrirnos. A abrir nuestro corazón, nuestras casas, nuestras vidas. A exponernos al amor que da lugar; invitados a la aventura loca del amor que da la vida, la propia vida.

El deseo navideño es que nuestras vidas y nuestra Iglesia sea un lugar lleno de amor y sencillez; de entrega generosa y servicial de muchos que queremos abrirnos a la aventura de amar, celebrar y servir a Dios, especialmente en nuestros hermanos.



Al pesebre los primeros que vinieron son los pastores y lo llenaron de música y alegría con su humildad; de tierras lejanas llegaron los reyes magos… Ninguno de los “importantes” de su tiempo estaba allí.


Y volviendo nuestra mirada a nuestro alrededor sabemos bien que nuestro barrio se hizo con nuestros padres y abuelos que encontraron un lugar en esta bendita tierra. Como la encontraron mi abuela gallega y mi padre polaco, y tantos otros que escapaban de la guerra, la miseria o la falta de trabajo.


El extranjero se hizo vecino y empezó a darle forma a un nuevo barrio. La casa grande que es la parroquia empezó a tener su sitio del cual todos formaban parte.


Del mismo modo nuestro barrio empezó a crecer y llenarse de nuevos vecinos que como nuestros antepasados buscan un lugar donde vivir y crecer. Hermanos de países vecinos y del interior profundo de nuestra patria buscaron y buscan crecer y formar comunidad.


El mensaje de la Navidad es un mensaje de oportunidad, de apertura, de romper estructuras mentales y de abrir corazón y la cabeza.


La Navidad es encuentro, es comunión. La Iglesia quiere y tiene que ser lugar de encuentro, de casa grande.

La Navidad es oportunidad.


El “Emanuel”, el “Dios con nosotros” busca estar de un modo distinto, nos invita a ser y vivir de otro modo.


Es la oportunidad para abrir el corazón y descubrir que Jesús no solo viene en la Nochebuena sino todos los días.


Nos dice Jesús en el evangelio de Mateo:
“Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”. Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. (Mt 25,34-40)

Nos solo este tiempo es de apertura de corazón y cabeza, “todos los días son “Navidad”. Todos cada uno de los momentos de nuestra vida son invitaciones a decir que “si había lugar para ellos”: para Jesús, María, José y los pequeños con los que se identifica el mismo Señor.. Busquemos en nuestros ambientes y lugares a los María, José, Jesús que se esconden.


¡Feliz Navidad para todos nosotros y en especial para todos aquellos que hoy no tienen un lugar donde estar ni un corazón que los reciba! Jesús nace para ellos también, Jesús es su esperanza…


¡Quizá su única esperanza!, hasta que estemos nosotros ahí.


Ahí tenemos que estar, ese es nuestro lugar…

sábado, 11 de diciembre de 2010

Comunicado de la Pastoral Social de Buenos Aires

Comisión de Pastoral Social

Arquidiócesis de Buenos Aires

Ante los acontecimientos ocurridos durante los últimos días en el Parque Indoamericano del barrio de Villa Soldati de nuestra Ciudad, creemos necesario hacer un aporte orientado a la paz social, al diálogo institucional y al consenso para el Bien Común.

Exhortamos a las autoridades de la Ciudad de Buenos Aires para que, a través de las herramientas políticas, jurídicas e institucionales que correspondan, trabajen en conjunto con las autoridades nacionales para dar una solución a la crisis suscitada a partir de la toma del predio del Parque Indoamericano.
Entendemos que estos hechos tan dolorosos no se agotan en sí mismos sino que responden a problemáticas estructurales que han venido madurando desde hace tiempo.
Problemas complejos como la pobreza y la desigualdad, y las carencias derivadas de ellas, requieren soluciones complejas de mediano y largo plazo y la acción conjunta de las diferentes jurisdicciones involucradas.

La solución al presente conflicto debe tener en cuenta que esta toma es producto de los derechos desatendidos de personas con profundas necesidades.

Argentina es un país formado en su gran mayoría por inmigrantes que llegaron a esta tierra con la esperanza de un futuro mejor. Debemos tener memoria de esto y proveer los medios para que los nuevos inmigrantes se integren de manera plena en nuestra sociedad. Esto debe ser una política de estado que tenga en cuenta los derechos y deberes de los nuevos inmigrantes, junto al de todos los argentinos, sin ningún tipo de discriminación.

Debemos tener amplitud de miras y grandeza de corazón. Estas actitudes preparan el terreno para un diálogo fructífero sin caer en la violencia física o verbal, privilegiando la política como camino de resolución de los conflictos.
Rogamos a Dios por nuestros hermanos que han perdido la vida en este conflicto social y rezamos por sus familias.
Que nuestra Madre la Virgen de Luján nos conceda la justicia y la paz.
Buenos Aires, 10 de Diciembre de 2010

Unas líneas para todos



Hace unos minutos que llegué de la Parroquia San Juan Diego, vecina de la nuestra y al lado del Parque Indoamericano.

La "tensa calma" de las últimas horas se trasformaron en un momento de oración e interseción pidiendo para que haya luz en los dirigentes para que haya luz en los hermanos.

Tiempo de gracias frente a las imágenes peregrinas de Guadalupe y el Cristo Negro que viajaron por 19 paises de latinoamérica desde 1992 al 2000, uniendo pueblos y sentires.
Regalo también compartir el mate y la oración hecha canto con el Padre Cacho y Ova, con Ruli Canali y Fernando Ortiz, con Matias y Pablo...

No dejemos de rezar para que Dios entre en los corazones de todos: no hay solución posible sin amor, sin búsqueda de camino de hermandad, solidaridad y oportunidades para todos...
No es tiempo de juzgar sino de obrar en el amor... Los cristianos estamos llamados a hacer la diferencia. Ojalá la descubramos y actuemos en consecuencia...

Bendiciones para todos
Javier