lunes, 17 de mayo de 2010

Celebrar el Bicentenario en la Ciudad de Buenos Aires (2010-2016).

Documento del Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia

Celebrar el Bicentenario en la Ciudad de Buenos Aires (2010-2016).

Estamos entrando en la celebración del Bicentenario de nuestra Patria (2010-2016). La Misión de la Iglesia en la Argentina no puede estar separada de este acontecimiento. [1] El anhelo es “poder celebrar un Bicentenario con justicia e inclusión social”. [2]

Como Equipo de Sacerdotes para las Villas de la Ciudad de Buenos Aires nos preguntamos: ¿cómo hacer realidad este anhelo en nuestros barrios?
La pastoral popular que desarrollamos desde el Evangelio, tiene como horizonte “contribuir a la integración y unión de un pueblo… unir al pueblo que está en las villas con el pueblo de la ciudad”. [3] Sabemos que “los retrasos en la integración tienden a profundizar la pobreza y las desigualdades”, [4]por eso nos parece imprescindible trabajar por la integración urbana.

Ahora bien, al tratar de pensar los sucesos de hace ya doscientos años, y que todos conocemos, buscamos recoger con el pensamiento y traer a la memoria las cosas ocultas, descuidadas y dispersas. Es necesario que la memoria de un pueblo que celebra busque en si misma lo que se ha escapado, pero no se ha perdido, sino que sólo está oculto.

Cuando leemos, escuchamos o vemos relatos sobre nuestra historia solemos encontrarnos con nombres de un grupo muy reducido de la población. Cuando estudiamos por ejemplo el período independentista del que ahora comienza a celebrarse su bicentenario, los nombres que se mencionan son los de personas que fueron muy importantes en el proceso, pero que evidentemente no lo hicieron solos. Miles de mujeres y hombres cuyo recuerdo casi se ha perdido fueron también partícipes del proceso de independencia y su acción fue decisiva en los acontecimientos que estamos celebrando. Por eso, si se tiene en cuenta sólo a quienes hoy tienen calles que llevan sus nombres, se está centrando la atención nada más que en una minoría ilustrada. Y queda afuera el grueso de la población, lo que en la época se llamaba “el bajo pueblo”. Pero si no contemplamos la acción de ese bajo pueblo no entendemos la historia en su plena verdad.

Queremos destacar entonces, la influencia del “bajo pueblo” en los acontecimientos que celebramos: “ese grupo no fue una caja de resonancia de las decisiones y acciones de la elite porteña sino que también contribuyó a delinear el destino de Buenos Aires. Es más, no es posible comprender la política porteña de la época si no se atiende a la participación plebeya” [5].

Hoy en día el pueblo que habita las periferias de la ciudad también puede recibir este nombre de “bajo pueblo”. Y nosotros creemos firmemente que está llamado a tener un rol protagónico en la celebración del Bicentenario.

Tal vez alguien podría afirmar que las Villas están habitadas por muchos extranjeros. ¿Por qué incluirlos en “nuestra” celebración? Pero en realidad, “si algo no ha de resultar ‘extraño’ (=extranjero) a nuestra sensibilidad es precisamente el extranjero. Estamos en un pueblo que a lo largo de su historia ha incorporado continuamente a extranjeros, que aportaron valores de sus propias culturas” [6]

Este año celebramos el Bicentenario de la Revolución de Mayo, que inicia el proceso que terminará en la independencia de un nuevo país, Argentina. Ahora bien, a partir de 2010 comienza una serie de bicentenarios importantes para nuestro país: la bandera y la batalla de Tucumán en 2012, la Asamblea del Año XIII y la libertad de vientres en 2013, la independencia en 2016, el Cruce de los Andes en 2017, la batalla de Maipú en 2018, por citar sólo los más destacados. Pero la década que se inicia no sólo trae celebraciones para nuestro país, es una década americana. Porque en 1810 no sólo se formó una junta en Buenos Aires, sino que también hubo juntas en Caracas, Santiago de Chile, Bogotá, Quito y en parte de México. Porque “nuestra” guerra de independencia es la misma que condujo a las independencias de Chile, Perú, Bolivia, Paraguay y Uruguay, por citar sólo los casos cercanos.
En esa época la gente tenía dos identidades: el lugar donde nació (así había salteños, mendocinos, porteños, correntinos, cordobeses, potosinos, cochabambinos, limeños, asunceños, etc.) y ser americano. No existían las identidades nacionales todavía. Por eso, sólo podemos entender el proceso de la independencia si lo vemos como un fenómeno americano y no sólo argentino. “El pueblo argentino nace en el espacio fraterno de la solidaridad latinoamericana que no puede ser borrado de la memoria histórica” [7]

Este es el Bicentenario de todos. Por eso, es también la celebración de los bolivianos, paraguayos, peruanos, uruguayos y otros latinoamericanos que viven en nuestro país, en nuestra Ciudad de Buenos Aires y por consiguiente en nuestras Villas. Sería muy bueno que pensemos a los años que vienen como una oportunidad para la integración; que sea el Bicentenario de la integración.

Los vecinos de nuestros barrios de indudable condición social pobre, no son simplemente carentes de dinero, sino que tienen un modo de ser, una cultura propia. Hay en nuestras Villas una enorme riqueza cultural que ha tenido como origen la llegada a la gran ciudad, de familias del interior del país y de países limítrofes. Se respira y se vive una cultura popular que tiene como núcleo la fe en Dios y en la Virgen [8]. Cultura popular que entiende el barrio ante todo como el vínculo de los vecinos que anhelan vivir los valores de la fraternidad y la solidaridad. Hay en la mayoría de los habitantes de nuestras Villas un deseo profundo de progresar; pelean cada día por una vida más digna.

Por otro lado esta realidad se da en un contexto de marginación dentro de nuestra querida Buenos Aires. Nos parece que hay entre otros, dos presupuestos que dificultan la integración de nuestros barrios a la Ciudad y tienden a deslegitimizar todo derecho del habitante de la Villa a vivir en este sector de la Ciudad. El primero tiene que ver con la propiedad privada [9]: “no es su tierra, no pagan todos los impuestos, ni todos los servicios, por eso no son ciudadanos”. Y es así que los criterios más pragmáticos de una sociedad capitalista privilegian el potencial lucrativo de la tierra por sobre el derecho a la vivienda de los más pobres. El segundo presupuesto tiene que ver con el privar de todo valor a la cultura popular que allí se vive por identificarla a algunos de los antivalores que se dan en ella [10].

Pero si miramos desde otra perspectiva constatamos que se da de hecho una enorme desigualdad de oportunidades respecto de otros barrios. Los habitantes de la Villa, cada uno con su rostro, su raíz y su esperanza, merecen ser respetados e integrados al todo de la Ciudad. Para ello en primer lugar es necesario escucharlos. Son vecinos de la Ciudad de Buenos Aires, no se puede ocupar su lugar dejándolos al margen de las decisiones, sobretodo en temas que afectan directamente a su vida. Para nosotros los más pobres son sujetos de su propio destino, de su promoción humana integral.

Ahora bien, creemos que considerar a los más pobres no como objeto, sino como sujeto, implica también reconocer que los más pobres tienen una manera particular de pararse frente a la realidad, un modo de situarse frente a la vida. No sólo dan que pensar, sino que piensan; no sólo despiertan sentimientos sino que sienten. Tienen una cosmovisión que ofrecer. Esto parece una verdad elemental, sin embargo, en la práctica, a la hora de trazar políticas de Estado para estos barrios no es suficientemente tenida en cuenta. Tal vez habría que decir que a lo largo de los años las decisiones sobre las Villas cambiaron con los sucesivos gobiernos. Entonces descubrimos por ejemplo que el verdadero urbanizador ha sido el vecino común de la Villa. En muchos de los casos fueron los mismos villeros los que hicieron habitables algunos sectores de la ciudad ganando espacio a un basural, o rellenando una laguna. [11]

La celebración del Bicentenario en nuestra Ciudad de Buenos Aires es una ocasión para reconocer al pueblo que habita la Villa como un interlocutor al que hay que primeramente escuchar para entrar en un diálogo fecundo. Por eso se trata de una escucha sincera y eficaz que lleve soluciones reales, que ayuden a recuperar la confianza del vecino común de la Villa en los funcionarios públicos, en la justicia etc.

Este tipo de escucha ciertamente ayudará a bajar los niveles de enojo y de violencia que a veces vemos en los barrios. Por eso no alcanza conocer el barrio a través de punteros políticos. No alcanza conocer la Villa a través de la televisión o los diarios. No alcanza, porque aquí estamos hablando de que se desatienden los derechos más elementales: el derecho a la alimentación, el acceso al agua, a la educación básica, al cuidado de la salud, a una vivienda digna. etc. Estamos hablando aquí de derechos universales de todo ser humano sin distinciones ni discriminaciones. Estos derechos elementales suponen el cumplimiento de los deberes más elementales por parte del Estado. Deberes que la Iglesia, las ONG, los grupos comunitarios de nuestros barrios y la sociedad en general, tenemos también que asumir como propios, según nuestras posibilidades. Esta es nuestra responsabilidad ya que la solidaridad es algo de todos, no se le puede exigir todo al Estado [12].
En la gran ciudad muchas veces se reivindica el derecho a lo superfluo y nos olvidamos que en la periferia de la misma se vulneran los derechos más elementales [13].

El Evangelio de Jesús nos enseña que cada persona es sagrada, cada una tiene una dignidad infinita y debemos respetarla. Esta Buena Noticia debe ser anunciada y realizada entre los más pobres. [14] El programa de Jesús, ese camino que va desde los pobres a todos, nos parece un programa más que válido a la hora de trazar políticas de Estado, a la hora de legislar y a la hora de juzgar.

En camino hacia la integración urbana.

Si tenemos pasión por el Bien, si realmente queremos pagar la deuda social en los barrios más pobres de la Ciudad, la celebración del Bicentenario se presenta como una gran oportunidad. La misma abarcará un período de seis años; esto nos da la posibilidad de escucharnos y a través del diálogo buscar consensos que nos permitan realizar acciones concretas, que ayuden a integrar las Villas a la Ciudad de Buenos Aires.

En un primer paso habría que buscar un método para escuchar a los vecinos de las Villas, recogiendo así los deseos y necesidades que el pueblo de la Villa experimenta. Tal vez por ejemplo se descubra que primero desean una escuela cerca, o una guardería para que las mamás puedan salir a trabajar y sólo luego cambiarle el nombre a las calles, para que no sean los mismos nombres que las de otras calles de la ciudad.

Obviamente se necesita alguien en el Ejecutivo de la Ciudad de Buenos Aires que tenga la mirada del conjunto de estas aspiraciones de los vecinos de las Villas y articule la necesaria participación de distintos ministerios y áreas del Estado, para que en lo concreto del trabajo de integración de las Villas al todo de la Ciudad no se superpongan roles y funciones, ni se actúe de manera desarticulada.
También es necesario más allá de las diferencias políticas, el diálogo, el consenso y las acciones comunes entre el gobierno nacional y el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires sobre temas que hacen a la promoción y al cuidado de los más pobres que viven en las Villas de la Ciudad.

El Bicentenario nos da la posibilidad de mirar hacia delante, de proyectar, de votar un presupuesto, de realizar acciones concretas y de evaluar los objetivos consensuados. Por consiguiente es necesario una vez escuchados a los vecinos de estos barrios trazar políticas de Estado más allá de quien gobierne.
Estamos hablando entonces de un acuerdo social y político que favorezca la integración de las Villas a la Ciudad. La deuda social es enorme, visualizamos esta propuesta como un camino para alcanzar una mayor justicia social.

Pedimos a la Virgen de Luján, Madre del Pueblo, que nos inspire los caminos para celebrar un Bicentenario con justicia e inclusión social.


- José María Di Paola, Carlos Olivero, Facundo Berretta y Juan Isasmendi de la Villa 21-24 y N.H.T. Zabaleta.
- Guillermo Torre, Martín Carrozza y Eduardo Drabble de la Villa 31.
- Gustavo Carrara, Joaquín Giangreco y Hernán Morelli de la Villa 1-11-14.
- Franco Punturo y Pablo Ostuni de la Villa 20.
- Sebastián Sury y José Nicolás Zámolo de la Villa 15.
- Pedro Baya Casal y Martín De Chiara de la Villa 3 y del Barrio Ramón Carrillo.
- Nibaldo Valentín Leal de la Villa 6.
- Sergio Serrese de la Villa 19.
- Enrique Evangelista de la Villa 26.
- Jorge Torres Carbonell de la Villa Rodrigo Bueno.

Equipo de Sacerdotes para las villas de emergencia
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 11 de mayo de 2010.

domingo, 9 de mayo de 2010

Curas villeros: predicadores de la Teología del Pueblo (La Nación - 9 de mayo)

Iglesia y política

Curas villeros: predicadores de la Teología del Pueblo

Se consideran hijos del movimiento de sacerdotes tercermundistas que lideraba Carlos Mugica, asesinado por la Triple A. Hoy, a 36 años de esa muerte, sienten que su compromiso con los pobres no exige definiciones políticas. ¿Quiénes son y cómo piensan los integrantes del Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia? Su relación con Bergoglio y las tensiones con Macri

Por Laura Di Marco

¿Usted es de izquierda, padre? -le preguntó una señora de clase media, sin ironía, al padre Gustavo Carrara, párroco de la villa del Bajo Flores.

-No, señora ¿por qué me lo dice?

-No, digo... Como siempre está con los chicos de la calle...

-Yo no sigo a Marx, señora, sino al Evangelio, y a la figura de Jesús: así se corporiza mi opción por los pobres. Mi compromiso con la pobreza es desde la religión, no desde la política. Pero le voy a decir algo: San Juan Crisóstomo, que vivió en el siglo III, tiene unos textos tan audaces que Marx era un poroto a su lado.

El padre Carrara, de 36 años, es uno de los veintidós curas villeros de la Capital, un equipo que fue alimentando el cardenal Jorge Bergoglio, desde su designación, en 1998.


* * *

El trabajo de estos sacerdotes que eligieron vivir muy lejos del paraíso no llamó demasiado la atención ni despertó la curiosidad mediática hasta el año pasado, cuando los narcos afincados en las villas amenazaron de muerte al padre José Di Paola, el padre "Pepe", para todos, mientras andaba en bicicleta solo por esa tierra de nadie donde no entran los taxis ni tampoco, a veces, la Policía. Sucedió hace un año, cuando el párroco de Caacupé y actual coordinador del Equipo denunció, junto con los sacerdotes que lidera, que en los barrios pobres, más allá de las leyes, la despenalización de la droga era un hecho.

"Dejate de joder o vas a ser boleta", lo interceptó uno de esos narcos, a los que Bergoglio bautizó "mercaderes de las tinieblas". Pepe tardó en procesar la amenaza. El obispo, al revés: la tomó muy en serio. Tanto, que la llevó enseguida a los medios. Fue entonces cuando la Argentina conoció la silenciosa tarea de Pepe y los curas villeros, y su compromiso con la recuperación de los chicos adictos al paco.

Desafíos de otra época
Hace 36 años -se cumplen este martes 11 de mayo-, el padre Carlos Mugica, el hombre de quienes estos curas se consideran herederos espirituales, tuvo menos suerte: cercano a la militancia social de Montoneros, sucumbió a la lógica violenta de la época tras una emboscada de la triple A. Precisamente, los curas del Padre Pepe le rendirán su homenaje el próximo domingo con una misa en la parroquia Cristo Obrero, fundada por Mugica, y una conferencia de prensa previa en la que el Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia hará público un nuevo documento, el tercero del grupo, con eje en el Bicentenario.

Se consideran hijos del Movimiento de sacerdotes tercermundistas, aquellos que, en los setenta, lideraba Mugica. Entre ellos estaba Daniel de la Sierra, un cura que, para impedir que los militares erradicaran los asentamientos, se tiraba delante de las topadoras del Proceso y hoy está enterrado bajo el altar de la parroquia de la Villa 31.

Es que, en aquella época hiperpolitizada, algunos sacerdotes para el Tercer Mundo entendieron que la forma de luchar contra la pobreza y la exclusión en América latina era abrazar el compromiso político que, para muchos de ellos, pasaba en los setenta por la izquierda peronista.

"Aquellos sacerdotes eran peronistas porque el pueblo lo era", contextualiza hoy el padre Gustavo Carrara.

Claro que las cosas son ahora muy diferentes. "Es otra época y los desafíos son acordes a este momento: hoy lidiamos con la violencia del delito y de la droga, y no con la de la política. Son desafíos nuevos, pero el espíritu es el mismo", define Pepe.

En el primer piso de la parroquia de Caacupé, cinco curas de los asentamientos porteños más populosos de la Capital están reunidos para la nota con Enfoques.

Son las diez de la mañana en la Villa de Barracas y, sentados en ronda, se ceban mate entre ellos. Alrededor de la mesa parroquial, además de Pepe, el líder del Equipo, están Martín De Chiara, de 34 años, párroco de la Villa 3 y del Barrio Ramón Carrillo; Martín Carrozza, de la 31, la Villa de Retiro; Gustavo Carrara, de la 1-11-14, y el padre Juan Isasmendi, que trabaja junto a Pepe, el párroco de Caacupé.

Ellos son los referentes religiosos de las villas más populosas. En su mayoría fueron criados en la clase media, y algunos en la clase media alta, como el padre Mugica. Tienen entre 30 y 40 años, con la excepción de Padre Pepe que, con 47, es el más veterano del grupo, y también el más mediático.

Si bien este equipo existe desde hace más de 40 años -fue creado por el cardenal Juan Carlos Aramburu, en 1969-, lo cierto es que fue el actual obispo porteño, según coinciden los sacerdotes de las villas, quien decidió destinar más curas a los asentamientos, más recursos, y levantar más parroquias. Así, el equipo pasó de tener ocho sacerdotes, a fines de los noventa, a veintidós, para la asistencia de las 180 mil personas que, se calcula, viven en los asentamientos de la Capital

Fue el cardenal en persona quien visitó al sacerdote de Barracas la mañana que le siguió a la amenaza. Bergoglio llegó caminando solo, por las calles de tierra de la barriada, ante la mirada sorprendida de Pepe:

-Pero... ¿qué hace acá? -le preguntó preocupado.

-Vine a saludarte -le respondió el Obispo.

El cardenal es un gran enamorado de esa religiosidad popular, dicen los curas, y cuentan que es bastante común que, durante las peregrinaciones juveniles a Luján, sea Bergoglio el confesor que se instala, sin que los jóvenes peregrinos lo sepan, en la basílica.

Tampoco es raro, dicen, que llegue de improviso a un comedor popular o a la fiesta de una Virgen en alguna de las barriadas donde trabaja el equipo.

La cercanía y el compromiso de Bergoglio con este grupo que trabaja en las villas despertó no pocas especulaciones en su momento, cuando no alguna sorpresa. Considerado habitualmente como un hombre de pensamiento político de centro, cuando no de derecha, filoso crítico del Gobierno, Bergoglio no parecía coincidir con el espíritu de este equipo que se siente heredero espiritual del padre Mugica, ícono de la militancia setentista. En un libro publicado hace pocos días, El Jesuita (Vergara), de Francesca Ambrogetti y Sergio Rubin, el mismo cardenal respondió a quienes le cuestionan su papel durante esos difíciles años 70, habló de los sacerdotes jesuitas desaparecidos que trabajaban en la Villa del Bajo Flores y dijo: "Hice lo que pude con la edad y la poca influencia que tenía".

Por aquellos años, hubo algunos sacerdotes tercermundistas que adscribían a la Teología de la Liberación, una corriente de la Iglesia, cuyos principales referentes fueron el peruano Gustavo Gutiérrez y el brasileño Leonardo Boff, que utilizaba categorías marxistas para analizar a la sociedad. Sin embargo, los sacerdotes villeros de la actualidad suscriben hoy a otra corriente que denominan la Teología del Pueblo.

¿De qué se trata y en qué se diferencian una y otra filosofía?

Lo explican: la Teología del Pueblo se basa en la sabiduría popular, no en categorías o diagnósticos que se imponen desde arriba. Se la puede pensar, dicen los sacerdotes, como una hermenéutica del pueblo pobre, escaso de riqueza pero no de saber.

Las ideas se alimentan, bajo este paradigma, de la vida, indica Carrara: "Aquí no existe izquierda o derecha, existe querer tener agua, luz, vivir mejor". Para estos curas, "la ilustración" -es decir, la academia o los intelectuales- viene con conceptos amasados previamente que a menudo no encuentran conexión con la realidad de la pobreza.

La Teología del Pueblo tiene sus propios referentes locales: Lucio Gera y Rafael Tello fueron dos de ellos. Tello creó, en los setenta, la peregrinación juvenil a Luján, que actualmente está compuesta por un 80 por ciento de jóvenes pobres.

La caminata a Luján es un claro ejemplo de lo que el cardenal jesuita entiende como religiosidad popular porque fue una idea que le sugirió una señora de la Villa del Bajo Flores al padre Tello, en su época.

"Creen que van a hacer la revolución caminando a Luján", fustigaban, en los setenta, los militantes de la izquierda, que no se resignaban a la imposibilidad de sumar de lleno a su causa a aquellos curas que simpatizaban con los pobres. Una parte de la clase media también los atacaba: los veía como guerrilleros con sotana.

"Eran tiempos de incomprensión -reflexiona Pepe-, pero hoy, corrida la ideología, todo está más claro."

"Nosotros no tenemos que meternos en los vaivenes de la política porque los políticos exigen una fidelidad ciega que, muchas veces, olvida a las personas concretas. Y nosotros estamos junto a las personas concretas", explica De Chiara.

De hecho, la Iglesia impide a sus sacerdotes participar de la política partidaria. La política partidaria parte, dice el padre Guillermo Marcó, que fue durante años vocero de Bergoglio. Pero eso no impide que los sacerdotes sí puedan fijar su posición en cuestiones de política pública -la política entendida en un sentido amplio-, como de hecho lo hacen.

Mugica, por ejemplo, había integrado la comitiva que acompañó a Perón de regreso a la Argentina. Es esa definición, explícita, la que hoy no quiere la Iglesia.

-Ahora, dicen que el cardenal es peronista, ¿eso es cierto?

Largo silencio. Los curas se pasan el mate y se miran entre sí. "Ah, eso ni Dios lo sabe", suspira el padre Carrara. Los demás se ríen, pero nadie habla. Es obvio que es un tema en el que prefieren no ahondar.

-También se dice, desde el kirchnerismo por ejemplo, que el cardenal es un hombre de derecha.

En esto sí quieren ahondar.

"Mirá, la sociedad tiene una concepción simplista, o sos esto o sos lo otro, y entre los políticos parece que hay más dogmáticos que entre los religiosos -desafía, Pepe-. Hay que calificar a las personas por lo que hacen. ¿Puede ser de derecha alguien como Bergoglio, que duplicó la cantidad de sacerdotes en las villas o que es un fanático de la religiosidad popular? Porque cuando un Arzobispo nombra a un sacerdote en un destino es porque lo deja de nombrar en otro. Es decir, está haciendo una opción. Y la opción, en este caso, es clara".

El equipo, que se reúne cada quince días para reflexionar, produjo dos documentos importantes, y va por el tercero (el que presentarán el próximo domingo, en el homenaje a Mugica).

El primero, en 2007, fue "Reflexiones sobre la urbanización y el respeto por la cultura villera", un texto en el que se pronunciaron por la integración. Los curas volvieron a salir al cruce más tarde sobre el mismo tema cuando el actual jefe porteño evaluó la posibilidad de llamar a un plebiscito en el que les preguntaría a los vecinos por el destino de los asentamientos. "Lo primero que queremos afirmar es que estas personas son vecinos de la ciudad de Buenos Aires -le escribieron los curas a Macri-. Por eso, nos parece que no se puede decidir por ellos".

El Equipo se enfrenta hoy con una batalla cultural, tanto o más pesada que la política: tratar de integrar a los villeros a una ciudad que los rechaza y les teme.

En 2009 firmaron el segundo documento, sobre el consumo de drogas, que desencadenó la amenaza a Pepe.

También, desde la Pastoral Universitaria, Guillermo Marcó lidera el proyecto "Generación Universitaria", un programa entre la Universidad Católica y los chicos de Villa Soldatti. Los estudiantes de la UCA, de clase media, se juntan los domingos por la mañana con los chicos pobres para hacer actividades en la villa del padre De Chiara.

Martín Carroza, de la Villa de Retiro, habla de ese monstruo que alimentamos entre todos: el desprecio. "Hace poco se hablaba de un muro en San Isidro, pero existen otros muros que son tan sólidos como una pared: la indiferencia, la desconfianza, el creer que son todos vagos que quieren vivir de planes, que son chorros", dice.

El padre Isasmendi completa la idea. "La marginalidad es un no lugar en la sociedad y todos somos responsables de su creación. Cuando una persona es marginada en forma constante, siente que su vida no vale. Entonces, cuando uno de estos pibes roba una canilla en el barrio de al lado, ahí sí se alzan todas las voces acusatorias, pero nadie ve que ese hecho tiene una responsabilidad colectiva."

Por los asentamientos de la Capital, sobre todo por los más populosos, pasan todos: funcionarios, gente que quiere ayudar desde redes sociales, turistas en busca de llevarse una postal de la pobreza. Pasan, también, políticos en campaña, con sensibles discursos sobre la pobreza. Pero la realidad es que los que viven en el barro y se mezclan a diario con la miseria, la muerte y la mala vida son estos hombres, sacerdotes de villas de emergencia, quizá los únicos padres simbólicos a los que pueden acudir por ayuda los olvidados del mundo.

© LA NACION

8 de Mayo - Misa en Luján - Palabras del Cardenal Bergoglio

Aquí en Luján hubo un gesto de la Virgen y nos hace bien recordarlo: en 1630 una pequeña imagen de la Pura y Limpia Concepción, se quedó. Iba a otra parte la caravana, pero la Virgen provocó la parada.

Desde ese momento en este lugar hubo visitas, peregrinaciones, encuentros con la Virgen. Desde ese momento la Patria tuvo madre. La imagen, al principio, estaba en una taperita, después una iglesia... y hoy la Basílica tan linda y tan cuidada.

Aquí aprendimos a detenernos y recibir vida. Aquí junto a la Madre de Jesús venimos a descansar, a confiarle la vida de otros, la vida que muchos fueron cargando en la peregrinación, en el silencio y la oración por el camino. Aquí el pueblo sencillo y creyente de nuestra patria fue creciendo también en algo tan característico del lugar: la solidaridad y la fraternidad. Y con este modo simple, de encuentro y silencio armó nuestra Madre el santuario: esta es la Casa de los argentinos. La Patria, aquí, creció con la Virgen; la Patria aquí tiene a su madre.

¡En esta su Casa de Luján cuántos vinieron a recibir la fe en el bautismo, a cumplirle promesas o a confiarle su necesidad, sus dolores o sus problemas! Por el templo anterior a esta Basílica, cuando la Patria empezaba, pasaron San Martín y Belgrano al principio y al final de sus campañas. Pasaron ellos, como muchos, en medio de la gloria, y cuando quedaron solos y olvidados, le confiaron su tristeza. Sabían que la Patria tenía Madre.

Hoy es su fiesta, al celebrarla a Ella que recoge las visitas y las oraciones de los hijos, le pedimos aprender a ser como el Negro Manuel, silenciosos observadores de la vida y el camino de esta Patria, y a rezar por ella con la fidelidad del pueblo que intuye esta presencia de madre y por eso confía. Somos parte de esta historia del milagro que continúa y se sigue escribiendo. A ella también le pedimos la gracia de saber trabajar por la Patria, hacerla crecer en la paz y concordia que nos da el sentirnos hermanos, desterrando todo odio y rencor entre nosotros.

En este lugar tan santo, lleno de fe y esperanza, pedimos hoy a la Madre que cuide a nuestra Patria. En particular a aquellos que son los más olvidados, pero que saben que aquí siempre hay lugar para ellos. Así fue desde el principio: la Virgen cuidó desde muy adentro del corazón a esta Patria, comenzando desde los más pobres, los que para los suficientes no cuentan... pero aquí sí que son tenidos en cuenta. Por ello a los hijos de la Virgen de estas tierras nunca les falta la protección de nuestra Madre.

En Luján hay un signo para nuestra Patria: todos tienen lugar, todos comparten la esperanza y todos son reconocidos hijos. Hoy vinimos a rezar en esta fiesta de la Virgen, en este año Bicentenario, porque aquí crecimos y aquí nuestra Patria siempre tuvo una bendición, porque tiene una madre. No tenemos derecho a aguacharnos, a bajar los brazos llevados por la desesperanza. Recuperemos la memoria de esta Patria que tiene madre, recuperemos la memoria de nuestra Madre. Miremos a la Virgen y pidámosle que no nos suelte de su mano. Gracias Madre por quedarte con nosotros.



Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

miércoles, 21 de abril de 2010

La Pascua le da sentido a nuestra vida

Artículo publicado en la revista Comunicarnos de la Comisión de Niñez y Adolescencia en riesgo del Arzobispado de Buenos Aires
“¡Qué nos vaya bien en la vida!” fue la respuesta de un joven cuando le pregunté sobre porque querían que recemos en la misa. Esto ocurrió hace unos diez días en uno de los barrios donde celebramos misa los sábados. Allí hay un grupo que se reúnen en la puerta del salón donde celebramos para charlar y pasar el rato. Todavía no entran, o quizá sin darnos cuenta los echamos porque hacen ruido. Incluso no son pocas las veces que las “señoras” cierran la puerta.
Este recuerdo lo tengo anotado en un papel para no olvidarme nunca que nuestra vida cristiana es estar abiertos a lo que nos rodea e ir tendiendo puentes. En la vida cotidiana de la Iglesia vemos con dolor muchas puertas cerradas o apenas abiertas.

Miremos la Pascua como un puente. Es una invitación a redescubrir cada año la celebración que renueva y que tiene lazos de amistad, de salvación, de oportunidad para lo nuevo.

¿Qué celebramos?

La celebración anual de la Semana Santa nos pone a todos los cristianos frente al fundamento de nuestra fe. El amor misericordioso de nuestro Dios se manifiesta en toda su plenitud en estos días, llegando a su culmen con la fiesta de la Pascua.
La Pascua cristiana hunde sus raíces en el Pesaj judío que nos habla de la liberación del Pueblo de Israel. Por eso la Pascua es “paso” de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, de caminar por el desierto y llegar a la tierra prometida.
Las celebraciones pascuales son (o tendrían que ser) para el mundo actual, un mirar de frente la realidad que nos toca vivir y contemplarla de modo distinto.
El gran riesgo es tomar estos días como un mero tiempo de descanso. Disfrutar este tiempo como “un fin de semana largo” fue minando lo lindo de disfrutar estos días de gracia.
Es un tiempo cargado de vida nueva, de hombres y mujeres reunidos en torno a la mesa, de amor que entrega la vida. Es por sobre todas las cosas un canto de esperanza frente a la desesperanza que tienen muchos hombres y mujeres de hoy.

¿Signos de desesperanza u oportunidades?

El gesto que comentaba en el comienzo del artículo tenía como trasfondo la idea extendida entre muchos que no hay solución para los jóvenes que ahí se reunían. ¡Cerremos la puerta!
Lo mismo que decimos de los jóvenes lo decimos de casi toda la realidad que nos rodea. No es extraño escuchar con frecuencia innumerables referencias a hechos y actitudes desesperanzadoras. Lo peor es que lo decimos los cristianos.
Frente a esto me propuse no dejarme vencer por el desaliento. Afortunadamente tengo la certeza, no solo desde la fe sino de la experiencia personal junto a la de tanta gente, que la Pascua se cumplió y que el Señor ya venció.
Si no estamos parados en otro lugar, la realidad nos puede arrastrar y corremos la tentación de dejarnos ganar por el desánimo.
Es bueno saber que el tiempo actual no es peor que la época en el que el Evangelio empezó a ser anunciado. No hay que olvidad que en el imperio romano la corrupción moral era impresionante, de allí se entiende que la liberación que traía Jesucristo fue la que renovó el corazón y la vida de tanto hombres y mujeres, renovación que hoy todos necesitamos.
Son innumerables las listas de necesidades y de dolores que vemos a nuestro lado, que son las mismas que el Señor Jesús encontraba en sus recorridas. Al bucear en los evangelios no es extraño ver al Señor Jesús revelando su corazón compasivo ante lo que mostraba la dura realidad, donde descubría que su Pueblo “estaban como ovejas sin pastor”. La compasión lo lleva a quedarse largo tiempo con las multitudes: estar con sus ovejas abandonadas es la tarea a la que invitó a sus discípulos y donde nos invita a nosotros.

El amor que transforma, que vence al mal y el pecado

La Pascua es la culminación de este proceso de corazón abierto que se deja tocar. Corazón que ve y actúa de manera amorosa. Misericordia que se abaja para levantar al hombre caído. Señor-servidor que parte el pan y lava los pies de los discípulos mientras invita a hacer lo mismo a los demás. Amor que entrega la vida en la cruz para destruir al pecado. Amor que cumple la promesa de “dar la vida por los amigos”.
La pascua busca restaurar el amor perdido. Ese amor creador, dador de vida que ve cortado su proyecto por el pecado. Pecado que destruye los vínculos profundos no solo con Dios sino con uno mismo, los hermanos, la sociedad, la naturaleza.
Jesús vino a enfrentar el pecado que es la fuerza destructora de la hermosa creación. El pecado hace que la centralidad deje de ser el Creador y pasa a ser la creatura, y lentamente vamos perdiendo identidad. Perdemos la dignidad de ser hijos amados y sin darnos cuanta la vida nos va llevando a ser huérfanos.
La orfandad nos deja solos con nuestras carencias afectivas que necesitan sanación. De hecho el gran problema que tenemos son nuestras carencias que empiezan a mendigar afecto.
En la Pascua vemos como la resurrección empieza a sanar las heridas del pecado; va sanando las heridas de la propia vida, y los hombres y mujeres empezamos a tener una vida con esperanza.
Con la muerte en cruz Jesús vence al pecado. Al resucitar destruye las ataduras de la muerte. Con esta aparición del Resucitado comienza la gran Esperanza para un mundo que se creía atrapado en medio de los dolores de la vida.
La Resurrección libera la fuerza de Dios “que hace nuevas todas las cosas”.
Los frutos de la resurrección para la Iglesia son la liberación del pecado junto con las ayudas necesarias para enfrentar al mal, y por otro el regalo del Espíritu que nos llena el alma y nos envía a la misión.

No hay pascua verdadera sin misión

“Vayan… y yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo” es el mandato misionero junto a la promesa de la presencia constante del Señor Resucitado en nuestras vidas.
El mandato misionero que brota de la Pascua, tiene como centro la vida nueva que el Señor trae. Que se aparece en medio de los miedosos discípulos, que se hace compañero de camino como nos muestran los discípulos de Emaus, que prepara el fuego al costado del mar para dar de comer, que nos invita a compartir la vida misma de Jesús a los demás.
La Pascua nos habla de comida compartida, de servicio generoso a los demás, de cruz cargada por amor, de muerte vencida.
La experiencia de la resurrección hizo que hombres y mujeres den la vida por el evangelio, por anunciar la Buena Nueva, de buscar la dignificación de los hermanos, de trasformar la realidad para que sea más humana, más llena de Dios.
La Pascua trae la esperanza y es el aliento para llevar resurrección a todos los que nos rodean.
Si nos dejamos llenar por el Espíritu Santo que nos regala Jesús nos volvemos en instrumentos hermosos del Señor que quiere renovar.

Signos de esperanza.

El mensaje de la Resurrección es por excelencia signo de esperanza de una Iglesia presente en el mundo y al servicio de los hermanos más necesitados, donde una mención especial tienen los niños, jóvenes y familias en situación de vulnerabilidad.
Los cristianos tenemos que saber que la vida nueva es una invitación a vivir la alegría de la Resurrección como un compromiso personal y comunitario que nos lleve a reafirmar la misión que como cristianos tenemos en la construcción de un mundo más justo, fraterno y solidario.
La última palabra no la tiene la desesperanza, la muerte, el pecado. La última palabra la tiene la resurrección que venció.
¿De qué sirve mirar la cruz de niños y jóvenes que viven sin un horizonte claro, sino no hacemos nada? La esperanza está en nuestras manos.

Intuiciones pascuales.

Vivir desde el domingo de pascua y solo desde el viernes santo es la salida para nuestra gente.
Un ejemplo que surgió al mirar a los jóvenes de nuestro barrio fue “Patio Proyecto de vida” que busca acompañarlos en la vida. Buscamos en la parroquia generar una especie de casa para que vengan a jugar, estudiar y compartir la vida. Con apoyo escolar, deportes y juegos. Con propuestas de servicio de ellos para con los otros más chicos y poniéndoles premios a sus mejorías.

Queremos que no miren desde lejos las oportunidades que tienen otros jóvenes. El fin del trabajo es un campamento a Bariloche (por el que ya empezamos a juntar fondos) para todos aquellos que se animaron a servir a los hermanos y no se llevaron materias a marzo.

A modo de conclusión
El signo más fuerte en la celebración de la Vigilia Pascua es la luz que brota del Cirio Pascual del que vamos tomando luz para ir venciendo la oscuridad que hay porque el Señor no está entre nosotros.
La Pascua en la vida cotidiana es la luz que ilumina nuestras oscuridades y las del mundo que está llamado a una vida más plena, justa y fraterna.

La Pascua no es una celebración más sino es el acontecimiento que trasformó la historia y nos transforma si dejamos que el Señor resucite nuestros rincones. Dejemos que esta bendita luz venza a las tinieblas que traen desesperanza.
El Señor Jesús es “camino, verdad y vida” y si creemos en el “tendremos vida eterna” no solo luego de la muerte sino aquí, ya que él es la “resurrección y la vida” que tanto necesitamos y necesitan los hombres de hoy y de siempre.