sábado, 5 de julio de 2014

“Vengan a mi”

Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana. (Mateo 11, 25-30)

El evangelio que rezamos este fin de semana nos invita a pensar en dos gestos o palabras de Jesús.
La primera la encontramos en el comienzo del texto de Mateo en el cual Jesús alaba al Padre porque se revela (se da a conocer) a los pequeños y no los sabios.

A mi parecer es una invitación a alabar a Dios porque se nos da a conocer a cada uno, se va reve­lando a vos o a mí, no por nuestras capacidades sino porque él quiere. Esta revelación es especial para los pequeños, los pobres, los que no tienen seguridades ni en el saber ni el tener. Si somos pequeños se nos revela.
La segunda invitación es para ir a Jesús: “vengan a mi…” Si estas agobiado o afligido hay un corazón a donde recurrir. Tenes un lugar donde descansar.
Alabar es poner el centro en Dios y no en nosotros, porque es el creador y dador de vida; ir a Jesús es descubrir que hay un lugar en su corazón.
Somos invitados con sencillez a repetir lentamente las palabras del evangelio y ha­cerlas nuestras. Dar gracias por el amor de Dios que se revela y porque no nos deja solo.
En definitiva descubrimos que somos importante no por lo que hacemos sino por lo que somos: HIJOS AMADOS DEL PADRE.
Experimentemos el abrazo amoroso del Señor que nos hace recostar en su corazón y animémonos a ser nosotros el abrazo para otro que camina a nuestro lado: que descubra que el afligido y agobiado no solo tiene un lugar en Dios sino también en nuestro corazón.
¡Dios nos acompañe y consuele a lo largo de la semana! Bendiciones

P. Javier

viernes, 20 de junio de 2014

Pan de los hijos... Homilía del Cardenal Mario Poli en Corpus 2014

Pan de los hijos.

Pan de la misericordia

CORPUS CHRISTI 2014

 La fiesta del Corpus celebrada en el mes del Sagrado Corazón, abre generosamente a todos –de manera más abundante–, los tesoros de la misericordia divina, y nosotros hemos venido a decirle a nuestro Padre Dios, que deseamos renovar nuestra condición de hijos, compartiendo la Palabra y el Pan. De esta manera, nos unimos a toda la Iglesia Católica dispersa en el mundo, para rendir homenaje a Cristo e implorar su misericordia.

Esa bella poesía que llamamos Secuencia del Corpus Christi, nos dice: «El motivo de alabanza que hoy se nos propone, es el pan que da la vida». Y también: «Bajo la forma del pan y del vino que son signos solamente, se ocultan preciosas realidades». «Este es el pan de los ángeles, convertido en alimento de los hombres peregrinos, es el verdadero pan de los hijos…»[1].

En esta tarde, como peregrinos en esta ciudad de Buenos Aires, volveremos a tomar el pan de los hijos, de la misma fuente en la que celebramos el memorial del inmenso y sublime amor misericordioso que Cristo reveló en su pasión: la Eucaristía. En ninguna otra realidad humana, Dios en su gran misericordia, pone de relieve el atributo de la divinidad, significada en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo amado. Motivo por el cual, San Juan Pablo II nos enseñó que: «La Iglesia vive una vida auténtica, cuandoprofesa y proclama la misericordia –el atributo más estupendo del Creador y del Redentor–y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora».[2] El Papa Santo, que nos visitó dos veces, nos enseñó con énfasis que «Dios que “es amor” no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia».[3]

El bautismo nos hizo capaces de recibir, en la fe de la Iglesia, el Cuerpo y la Sangre del Señor, para que al tomarlos recibamos la gracia necesaria para el camino. Sí, nosotros creemos que bajo los signos sacramentales del pan y del vino, se ocultan las insondables riquezas del amor misericordioso, y en cada Eucaristía que celebramos, se abre la fuente de un amor inagotable, para que abrevando en ella, se cumpla el deseo de Jesús de unirse e identificarse con nosotros, saliendo al encuentro de todos los corazones heridos: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vidaeterna, y yo lo resucitaré en el último día».(Jn6,54).

Cuando Jesús nos dice: «El que me comevivirá por mí» (Jn 6,57), es una persuasiva invitación a compartir su suerte, porque Cristo en cada Eucaristía, nos ofrece su amistad, renueva su alianza, nos acerca su misericordia y vuelve a confirmarnos su opción por la vida, porque «Dios es fuente» (Sal 27,1) y «amigo de la vida» (Sab 11,26). Él ha elegido quedarse con nosotros, oculto detrás de la forma sacramental, pero bien visible en el rostro de los pobres, en los enfermos, en los que están en las cárceles, en el más pequeño de sus hermanos (cfr Mt 25, 40), en fin, en sus predilectos, los que nos dan una oportunidad de encontrarnos con Él, y practicar el amor misericordioso, que nos dejó como mandamiento nuevo. Cada vez que comemos su carne y bebemos su sangre, renovamos el deseo de servirlo como Él se merece en nuestros hermanos. Así, en toda Eucaristía, Jesús se hace prójimo, Buen Samaritano de nuestras debilidades, y en la comunión de su Cuerpo y de su Sangre, renovando su fiel amistad, vuelve a infundirnos la vida de Dios, y con ella, su amor misericordioso, el que nos identifica como sus discípulos. En cada eucaristía el amor misericordioso del Padre desborda todo lo previsible, y se hace virtud que vence a nuestro egoísmo, vuelve nuestro corazón hacia los pobres, nos hace más sensibles al dolor de los demás y nos abre al perdón de los hermanos.

San Juan XXIII, el Papa Bueno, al inaugurar el Concilio Vaticano II, soñaba con que la Iglesia volviera a mostrar al mundo el rostro misericordioso de Dios. Por eso, la presentaba como una «madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella». El Pontífice que tan bien interpretó y nos hizo pensar sobre los signos de los tiempos, nos presentó el rostro siempre nuevo de la «Esposa de Cristo que prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad».[4]

Al participar de las dos mesas, la de la Palabra y la del Pan, hacemos memoria del mandato del Señor que nos invitó a anunciar las insondables riquezas de su amor a todos los hombres: «El pan que yo daré es mi carnepara la Vida del mundo» (Jn 6,51). Cada Eucaristía se continúa en la misión evangelizadora, y ella lleva, con gestos y palabras, el mensaje de salvación que le viene de su Señor, siendo Él mismo, el primer evangelizador.

El Pan de la misericordia no puede quedarse en manos de unos pocos. Después de tener un verdadero encuentro con el Resucitado, en cada Misa, en cada reconciliación, no podemos guardarnos la alegría solo para nosotros mismos. «Dios que es rico en misericordia» (Ef 2,4), quiere que la fuente de su amor eucarístico se abra a todos los hombres de nuestro tiempo. El encuentro con Cristo eucaristía, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio. Saca afuera lo mejor de nuestro bautismo: nuestra condición de discípulos misioneros. La Eucaristía no sólo proporciona la fuerza interior y el entusiasmo para dicha misión, sino también, en cierto sentido, su ideario. En efecto, «la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura en que vive».[5] Para lograrlo, es necesario que cada fiel asimile los valores que el sacramento del amor expresa, las actitudes que inspira, los propósitos de vida que suscita.[6] No tengamos miedo, nos dice el Papa Francisco: «La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio».[7]

La fiesta del Corpus Christi concluye con la adoración del Santísimo. Cuando hagamos silencio para orar, agradecer, pedir, darle gloria e interceder por tantos hermanos necesitados de su amor, ante este misterio grande, misterio de misericordia, pensemos: ¿qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida.[8] No se guardó nada: todo lo ofreció sobre el altar de la Cruz, para la salvación del género humano. A nosotros, nos queda el desafío de comprometernos y anunciar el verdadero amor que perdona, consuela y salva.

Les pregunto: ¿quieren evangelizar para compartir el pan de la misericordia?

 

Mario Aurelio cardenal Poli

 

 

sábado, 31 de mayo de 2014

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA XLVIII JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES


Comunicación al servicio de una auténtica cultura del encuentro

[Domingo 1 de junio de 2014]

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy vivimos en un mundo que se va haciendo cada vez más «pequeño»; por lo tanto, parece que debería ser más fácil estar cerca los unos de los otros. El desarrollo de los transportes y de las tecnologías de la comunicación nos acerca, conectándonos mejor, y la globalización nos hace interdependientes. Sin embargo, en la humanidad aún quedan divisiones, a veces muy marcadas. A nivel global vemos la escandalosa distancia entre el lujo de los más ricos y la miseria de los más pobres. A menudo basta caminar por una ciudad para ver el contraste entre la gente que vive en las aceras y la luz resplandeciente de las tiendas. Nos hemos acostumbrado tanto a ello que ya no nos llama la atención. El mundo sufre numerosas formas de exclusión, marginación y pobreza; así como de conflictos en los que se mezclan causas económicas, políticas, ideológicas y también, desgraciadamente, religiosas.

En este mundo, los medios de comunicación pueden ayudar a que nos sintamos más cercanos los unos de los otros, a que percibamos un renovado sentido de unidad de la familia humana que nos impulse a la solidaridad y al compromiso serio por una vida más digna para todos. Comunicar bien nos ayuda a conocernos mejor entre nosotros, a estar más unidos. Los muros que nos dividen solamente se pueden superar si estamos dispuestos a escuchar y a aprender los unos de los otros. Necesitamos resolver las diferencias mediante formas de diálogo que nos permitan crecer en la comprensión y el respeto. La cultura del encuentro requiere que estemos dispuestos no sólo a dar, sino también a recibir de los otros. Los medios de comunicación pueden ayudarnos en esta tarea, especialmente hoy, cuando las redes de la comunicación humana han alcanzado niveles de desarrollo inauditos. En particular, Internet puede ofrecer mayores posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos; y esto es algo bueno, es un don de Dios.

Sin embargo, también existen aspectos problemáticos: la velocidad con la que se suceden las informaciones supera nuestra capacidad de reflexión y de juicio, y no permite una expresión mesurada y correcta de uno mismo. La variedad de las opiniones expresadas puede ser percibida como una riqueza, pero también es posible encerrarse en una esfera hecha de informaciones que sólo correspondan a nuestras expectativas e ideas, o incluso a determinados intereses políticos y económicos. El mundo de la comunicación puede ayudarnos a crecer o, por el contrario, a desorientarnos. El deseo de conexión digital puede terminar por aislarnos de nuestro prójimo, de las personas que tenemos al lado. Sin olvidar que quienes no acceden a estos medios de comunicación social –por tantos motivos–, corren el riesgo de quedar excluidos.

Estos límites son reales, pero no justifican un rechazo de los medios de comunicación social; más bien nos recuerdan que la comunicación es, en definitiva, una conquista más humana que tecnológica. Entonces, ¿qué es lo que nos ayuda a crecer en humanidad y en comprensión recíproca en el mundo digital? Por ejemplo, tenemos que recuperar un cierto sentido de lentitud y de calma. Esto requiere tiempo y capacidad de guardar silencio para escuchar. Necesitamos ser pacientes si queremos entender a quien es distinto de nosotros: la persona se expresa con plenitud no cuando se ve simplemente tolerada, sino cuando percibe que es verdaderamente acogida. Si tenemos el genuino deseo de escuchar a los otros, entonces aprenderemos a mirar el mundo con ojos distintos y a apreciar la experiencia humana tal y como se manifiesta en las distintas culturas y tradiciones. Pero también sabremos apreciar mejor los grandes valores inspirados desde el cristianismo, por ejemplo, la visión del hombre como persona, el matrimonio y la familia, la distinción entre la esfera religiosa y la esfera política, los principios de solidaridad y subsidiaridad, entre otros.

Entonces, ¿cómo se puede poner la comunicación al servicio de una auténtica cultura del encuentro? Para nosotros, discípulos del Señor, ¿qué significa encontrar una persona según el Evangelio? ¿Es posible, aun a pesar de nuestros límites y pecados, estar verdaderamente cerca los unos de los otros? Estas preguntas se resumen en la que un escriba, es decir un comunicador, le dirigió un día a Jesús: «¿Quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). La pregunta nos ayuda a entender la comunicación en términos de proximidad. Podríamos traducirla así: ¿cómo se manifiesta la «proximidad» en el uso de los medios de comunicación y en el nuevo ambiente creado por la tecnología digital? Descubro una respuesta en la parábola del buen samaritano, que es también una parábola del comunicador. En efecto, quien comunica se hace prójimo, cercano. El buen samaritano no sólo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde del camino. Jesús invierte la perspectiva: no se trata de reconocer al otro como mi semejante, sino de ser capaz de hacerme semejante al otro. Comunicar significa, por tanto, tomar conciencia de que somos humanos, hijos de Dios. Me gusta definir este poder de la comunicación como «proximidad».

Cuando la comunicación tiene como objetivo preponderante inducir al consumo o a la manipulación de las personas, nos encontramos ante una agresión violenta como la que sufrió el hombre apaleado por los bandidos y abandonado al borde del camino, como leemos en la parábola. El levita y el sacerdote no ven en él a su prójimo, sino a un extraño de quien es mejor alejarse. En aquel tiempo, lo que les condicionaba eran las leyes de la purificación ritual. Hoy corremos el riesgo de que algunos medios nos condicionen hasta el punto de hacernos ignorar a nuestro prójimo real.

No basta pasar por las «calles» digitales, es decir simplemente estar conectados: es necesario que la conexión vaya acompañada de un verdadero encuentro. No podemos vivir solos, encerrados en nosotros mismos. Necesitamos amar y ser amados. Necesitamos ternura. Las estrategias comunicativas no garantizan la belleza, la bondad y la verdad de la comunicación. El mundo de los medios de comunicación no puede ser ajeno de la preocupación por la humanidad, sino que está llamado a expresar también ternura. La red digital puede ser un lugar rico en humanidad: no una red de cables, sino de personas humanas. La neutralidad de los medios de comunicación es aparente: sólo quien comunica poniéndose en juego a sí mismo puede representar un punto de referencia. El compromiso personal es la raíz misma de la fiabilidad de un comunicador. Precisamente por eso el testimonio cristiano, gracias a la red, puede alcanzar las periferias existenciales.

Lo repito a menudo: entre una Iglesia accidentada por salir a la calle y una Iglesia enferma de autoreferencialidad, prefiero sin duda la primera. Y las calles del mundo son el lugar donde la gente vive, donde es accesible efectiva y afectivamente. Entre estas calles también se encuentran las digitales, pobladas de humanidad, a menudo herida: hombres y mujeres que buscan una salvación o una esperanza. Gracias también a las redes, el mensaje cristiano puede viajar «hasta los confines de la tierra» (Hch. 1,8). Abrir las puertas de las iglesias significa abrirlas asimismo en el mundo digital, tanto para que la gente entre, en cualquier condición de vida en la que se encuentre, como para que el Evangelio pueda cruzar el umbral del templo y salir al encuentro de todos.

Estamos llamados a dar testimonio de una Iglesia que sea la casa de todos. ¿Somos capaces de comunicar este rostro de la Iglesia? La comunicación contribuye a dar forma a la vocación misionera de toda la Iglesia; y las redes sociales son hoy uno de los lugares donde vivir esta vocación redescubriendo la belleza de la fe, la belleza del encuentro con Cristo. También en el contexto de la comunicación sirve una Iglesia que logre llevar calor y encender los corazones.

No se ofrece un testimonio cristiano bombardeando mensajes religiosos, sino con la voluntad de donarse a los demás «a través de la disponibilidad para responder pacientemente y con respeto a sus preguntas y sus dudas en el camino de búsqueda de la verdad y del sentido de la existencia humana» (Benedicto XVI, Mensaje para la XLVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 2013).

Pensemos en el episodio de los discípulos de Emaús. Es necesario saber entrar en diálogo con los hombres y las mujeres de hoy para entender sus expectativas, sus dudas, sus esperanzas, y poder ofrecerles el Evangelio, es decir Jesucristo, Dios hecho hombre, muerto y resucitado para liberarnos del pecado y de la muerte. Este desafío requiere profundidad, atención a la vida, sensibilidad espiritual. Dialogar significa estar convencidos de que el otro tiene algo bueno que decir, acoger su punto de vista, sus propuestas. Dialogar no significa renunciar a las propias ideas y tradiciones, sino a la pretensión de que sean únicas y absolutas.

Que la imagen del buen samaritano que venda las heridas del hombre apaleado, versando sobre ellas aceite y vino, nos sirva como guía. Que nuestra comunicación sea aceite perfumado para el dolor y vino bueno para la alegría. Que nuestra luminosidad no provenga de trucos o efectos especiales, sino de acercarnos, con amor y con ternura, a quien encontramos herido en el camino. No tengan miedo de hacerse ciudadanos del mundo digital. El interés y la presencia de la Iglesia en el mundo de la comunicación son importantes para dialogar con el hombre de hoy y llevarlo al encuentro con Cristo: una Iglesia que acompaña en el camino sabe ponerse en camino con todos. En este contexto, la revolución de los medios de comunicación y de la información constituye un desafío grande y apasionante que requiere energías renovadas y una imaginación nueva para transmitir a los demás la belleza de Dios.

Vaticano, 24 de enero de 2014, fiesta de san Francisco de Sales

FRANCISCO

miércoles, 28 de mayo de 2014

Papa Francisco hablando sobre educación

El texto no está en español, una pequeña síntesis… Gracias Vanesa Grosso
En el evento “La Iglesia por la Escuela”, organizado en la tarde del 10 de mayo por la Conferencia Episcopal Italiana, el Papa Francisco se reunió con más de 300 mil personas, entre estudiantes, profesores y padres de familia, a quienes les recordó que la misión de la escuela es desarrollar el sentido de lo verdadero, del bien y lo bello.
En su mensaje a los cientos de miles de asistentes, el Santo Padre señaló que “la misión de la escuela es desarrollar el sentido de lo verdadero, el sentido del bien y el sentido de lo bello. Y esto ocurre a través de un camino rico, hecho por tantos ‘ingredientes’. ¡Es por esto del por qué existen tantas disciplinas!”.
“Porque el desarrollo es fruto de diversos elementos que actúan juntos y estimulan a la inteligencia, a la consciencia, a la afectividad, al cuerpo, etcétera. Por ejemplo, si estudio esta Plaza, la Plaza de San Pedro, aprendo cosas de arquitectura, de historia, de religión, también de astronomía – el obelisco recuerda al sol, pero pocos saben que esta plaza es también un gran meridiano”.
Así, dijo, “cultivamos en nosotros lo verdadero, el bien y lo bello; y aprendemos que estas tres dimensiones no están jamás separadas, sino siempre entrelazadas. Si una cosa es verdadera, es buena y es bella; si es bella, es buena y es verdadera; y si es buena, es verdadera y es bella. Y estos elementos juntos nos hacen crecer y nos ayudan a amar la vida, también cuando estamos mal, también en medio a los problemas. ¡La verdadera educación nos hace amar la vida y nos abre a la plenitud de la vida!”.
El Papa señaló que este evento “no es en ‘contra’, ¡es ‘por’! No es un lamentarse, ¡es una fiesta! Una fiesta por la escuela”.
“Sabemos bien que hay problemas y cosas que no funcionan, lo sabemos. Pero ustedes están aquí, nosotros estamos aquí porque amamos la escuela. Digo ‘nosotros’ porque yo amo la escuela, la he amado como alumno, como estudiante y como maestro. Y luego como Obispo. En la Diócesis de Buenos Aires encontraba a menudo al mundo de la escuela, y hoy les agradezco por haber preparado este encuentro, que no es de Roma sino de toda Italia. Les agradezco mucho por esto. ¡Gracias!”.
El Santo Padre recordó que “tengo la imagen de mi primera maestra, aquella mujer, aquella maestra que me recibió a los seis años, al primer nivel de la escuela. Nunca la olvidé. Ella me hizo amar la escuela. Y luego he ido a encontrarla durante toda la vida hasta el momento en que falleció, a los 98 años. Y esta imagen me hace bien. Amo la escuela porque aquella mujer me enseñó a amarla. Este es el primer motivo por el que amo la escuela”.
“Amo la escuela porque es sinónimo de apertura a la realidad. ¡Al menos así debería ser! No lo es siempre, y entonces quiere decir que es necesario cambiar un poco. Ir a la escuela significa abrir la mente y el corazón a la realidad, a la riqueza de sus aspectos, de sus dimensiones. ¡Y nosotros no tenemos derecho de tener miedo de la realidad!”.
Francisco señaló que “la escuela nos enseña a entender la realidad. Ir a la escuela significa abrir la mente y el corazón a la realidad, en la riqueza de sus aspectos, de sus dimensiones ¡Y esto es bellísimo!”.
“En los primeros años se aprende a 360 grados, luego poco a poco se profundiza hacia una dirección y finalmente se especializa. Pero si uno ha aprendido a aprender - y este es el secreto, ¿eh?, ¡aprender a aprender!- esto le queda para siempre, permanece una persona ¡abierta a la realidad!”.
El Papa indicó que “los maestros son los primeros que deben permanecer abiertos a la realidad - he escuchado los testimonios de sus maestros; me ha dado gusto sentirlos tan abiertos a la realidad ¡con la mente siempre abierta a aprender!”.
“Sí, porque si un maestro no está abierto a aprender, no es un buen maestro, y ni siquiera es interesante; los muchachos lo perciben, tienen ‘olfato’, y son atraídos por profesores que tienen un pensamiento abierto, ‘inconcluso’, que buscan ‘algo más’, y así contagian esta actitud a los estudiantes. Este es uno de los motivos por el que amo la escuela”.
El Santo Padre aseguró también que “la escuela es un lugar de encuentro. Porque todos nosotros estamos en camino, ¿eh? Poniendo en marcha un proceso, activando una vía. Y he escuchado que la escuela -todos lo hemos escuchado hoy- no es un estacionamiento, ¿eh? es un lugar de encuentro en el camino”.
“Y nosotros hoy tenemos necesidad de esta cultura del encuentro, ¿eh? para encontrarnos, para conocernos, para amarnos, para caminar juntos. Y esto es fundamental precisamente en la edad del crecimiento, como un complemento a la familia”.
La familia, dijo el Papa, “es el primer núcleo de relaciones: la relación con el padre y la madre y los hermanos es la base, y nos acompaña siempre en la vida. Pero en la escuela nosotros ‘socializamos’: encontramos personas diferentes a nosotros, diferentes por edad, por cultura, por proveniencia, por capacidades diferentes”.
“La escuela es la primera sociedad que integra a la familia. La familia y la escuela ¡jamás van contrapuestas! Son complementarias, y por lo tanto es importante que colaboren, en el respeto recíproco”.
“Y las familias de los chicos de una clase pueden hacer mucho colaborando juntas entre ellas y con los maestros. Esto hace pensar en un proverbio africano que dice: ‘Para educar a un hijo se necesita a todo un pueblo’. Para educar a un muchacho se necesita mucha gente: familia, escuela, maestros, todos, todos, personal asistente, profesores, ¡todos! ¿Les gusta este proverbio africano? ¿Les gusta? Digámoslo juntos: ¡Para educar a un hijo se necesita a todo un pueblo!, ¡juntos! ¡Para educar a un hijo se necesita a todo un pueblo! Piensen en esto, ¿eh? Piensen”.
Francisco aseguró luego que “también amo la escuela porque nos educa a lo verdadero, al bien y a lo bello. Las tres cosas van juntas, ¿eh? La educación no puede ser neutra. O es positiva o es negativa; o nos enriquece o nos empobrece; o hace crecer a la persona o la deprime, incluso puede corromperla”.
“Y en la educación es muy importante lo que también hemos escuchado hoy: ¡siempre, es mejor una derrota limpia que una victoria sucia! ¡Recuérdenlo! Esto nos hará bien durante toda la vida. Digámoslo juntos: siempre es mejor una derrota limpia que una victoria sucia. ¡Todos juntos! ¡Siempre es mejor una derrota limpia que una victoria sucia!”.
Al finalizar su mensaje, el Santo Padre expresó que “en la escuela no solamente aprendemos conocimientos, contenidos, sino que aprendemos costumbres y también valores. Juntos. Se educa para conocer tantas cosas, o sea tantos contenidos importantes, para tener ciertas costumbres también para asumir los valores. Y esto es muy importante”.
“Les deseo a todos ustedes, padres de familia, maestros, personas que trabajan en la escuela, estudiantes, les deseo un hermoso camino en la escuela, un camino que haga crecer, que haga crecer las tres lenguas, que una persona madura debe saber hablar: la lengua de la mente, la lengua del corazón y la lengua de las manos”.
“Pero con armonía, o sea pensar aquello que tú sientes y aquello que tú haces; sentir bien aquello que tú piensas y aquello que haces; y hacer bien aquello que tú piensas y aquello que tú sientes. ¡Las tres lenguas, en armonía y juntas!”.

El Papa Francisco concluyó pidiéndole a los presentes que “por favor ¡no nos dejemos robar el amor por la escuela! ¡Gracias!”.

De los Sermones de san León Magno, papa(Sermón 1 Sobre la Ascensión)

Comparto un extracto de un sermón de san León Magno preparando el corazón para la fiesta de la Ascensión

Aquellos días, amadísimos hermanos, que transcurrieron entre la resurrección del Señor y su ascensión no fueron infructuosos, sino que en ellos fueron reafirmados grandes misterios y reveladas importantes verdades.
En el transcurso de estos días fue abolido el temor de la muerte funesta y proclamada la inmortalidad, no sólo del alma, sino también del cuerpo.
En estos días, mediante el soplo del Señor, todos los apóstoles recibieron el Espíritu Santo; en estos días le fue confiado al bienaventurado apóstol Pedro, por encima de los demás, el cuidado del aprisco del Señor, después de que hubo recibido las llaves del reino.
Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de camino y los reprendió por su resistencia en creer, a ellos, que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda. Sus corazones, por él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada.
Por tanto, amadísimos hermanos, durante todo este tiempo que media entre la resurrección del Señor y su ascensión, la providencia de Dios se ocupó en demostrar, insinuándose en los ojos y en el corazón de los suyos, que la resurrección del Señor Jesucristo era tan real como su nacimiento, pasión y muerte.
Por esto, los apóstoles y todos los discípulos, que estaban turbados por su muerte en la cruz y dudaban de su resurrección, fueron fortalecidos de tal modo por la evidencia de la verdad que, cuando el Señor subió al cielo, no sólo no experimentaron tristeza alguna, sino que se llenaron de gran gozo. 

lunes, 26 de mayo de 2014

«Yo vivo y también ustedes vivirán» Homilía del cardenal Mario Poli en el Tedeum del 25 de mayo

Oración del Te Deum
«Yo vivo y también ustedes vivirán»
1810-25 de Mayo-2014

En primer lugar se proclamo el evangelio de San Juan 14, 15-21:

Durante la última Cena Jesús dijo a sus discípulos: Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él».
Palabra del Señor.

Homilía del Arzobispo:

Durante la última Cena han pasado muchas cosas que asombraron a sus discípulos. El rito judío para celebrar la Pascua no admitía variantes, durante siglos se ha usado la misma liturgia, sin embargo Jesús introduce una inesperada novedad. El que hasta el momento se había revelado como Señor y Maestro, se abajó hasta convertirse en esclavo, lavando los pies a los comensales. La imagen de un Dios inclinado y servicial quedará como lección perpetua para su Iglesia y todos recordamos su exhortación: «Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.»(Jn 13,15). Los apóstoles, al verlo recordaron su enseñanza durante su ministerio público: “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo.”(Mt 20,27). La palabra de Jesús reviste una autoridad incuestionable, pues a sus enseñanzas le siguen gestos y milagros que revelan su condición divina. Sorprende su pedagogía, porque de su boca surge un lenguaje nuevo del amor humano y sus manos lo expresan en el servicio; ambas revelan el corazón de un Dios misericordioso y compasivo.En aquella misma escena el Maestro les entregó el mandamiento nuevo: «Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.»(Jn13,34). El mensaje de Jesús es claro y directo: si decimos que lo amamos debemos guardar su palabra y cumplir su mandamiento de amor.El mismo evangelista trasmitirá con fidelidad esta verdad a su comunidad: «El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve (1° Jn 4,20). Jesús nos devuelve la confianza en la fuerza del amor, reina de todas las virtudes y principio fundante de esta historia que celebramos.

En ese clima, el Señor anuncia su partida al lugar de donde vino, y sus discípulos no disimulan la tristeza y la pena que los embargan. Él promete no dejarnos huérfanos y rogará al Padre para que nos envíe el Espíritu de la Verdad, que permanecerá a nuestro lado en el camino de la vida, es el Espíritu Santo, la persona divina por quien Dios habita en nosotros, infundiendo en los hombres el conocimiento de toda virtud y bondad. El mensaje evangélico viene en nuestra ayuda para elevar una oración de acción de gracias por las personas comprometidas en la Revolución de Mayo que dio origen a nuestra nacionalidad; entre otras razones porque domina en el texto una frase que nos alienta a seguir confiando: «Yo vivo y también ustedes vivirán», expresión que conjuga el eterno presente de «Aquél que es, que era y que vendrá(Ap 1,4). El Dios de la Constitución Nacional, creador y fuente de toda razón y justicia, «no es un Dios de muertos, sino de vivientes».(Mc 12, 27). Si lo confesamos como Señor de la Historia, presente en los acontecimientos, entonces es posible encontrar abiertos los caminos de la esperanza para todos, porque Él no se alejó de nuestra condición humana para dejarnos solos, muy por el contrario, entre otras presencias quiso quedarse entre los más necesitados y excluídos: «Les aseguro –dice Jesús- que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo». (Mt 25,40). Mientras que en la Argentina haya personas que amen sinceramente y se sacrifiquen por el prójimo, como la generación de patriotas de la Revolución de Mayo que hoy evocamos,podemos descubrir la presencia de Cristo resucitado que nos sigue diciendo: «Yo vivo y también ustedes vivirán».
“Nosotros somos invitados a refundarnos en la soberanía del amor simple y profundo, del amor que hoy escuchamos en el Evangelio”[1], nos decía en su último Te Deum, quien ahora ocupa la cátedra de San Pedro. Hoy, el Papa Francisco lleva al magisterio universal de la Iglesia lo que tantas veces enseñó entre nosotros. Personalidades de todo el mundo lo siguen visitando ya ellos les dice: “Cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo –dice el Santo Padre-, mi respuesta siempre es la misma: Diálogo, diálogo, diálogo. El único modo de que una persona, una familia, una sociedad, crezca; la única manera de que la vida de los pueblos avance, es la cultura del encuentro, una cultura en la que todo el mundo tiene algo bueno que aportar, y todos pueden recibir algo bueno en cambio. El otro siempre tiene algo que darme cuando sabemos acercarnos a él con actitud abierta y disponible, sin prejuicios. Esta actitud abierta, disponible y sin prejuicios, yo la definiría como humildad social que es la que favorece el diálogo. Sólo así puede prosperar un buen entendimiento entre las culturas y las religiones, la estima de unas por las otras sin opiniones previas gratuitas y en clima de respeto de los derechos de cada una. Hoy, o se apuesta por el diálogo, o se apuesta por la cultura del encuentro, o todos perdemos, todos perdemos. Por aquí va el camino fecundo.”[2]
Si miramos nuestra historia patria en clave coloquial, desde el Cabildo abierto y el Congreso de Tucumán hasta nosotros, los momentos de desencuentros entre argentinos se han superado con originales y creativos encuentros de diálogo. Así, partiendo de lo que tenemos en común,se resolvieron las divergencias, crisis y enfrentamientos, para dejar paso, con sabiduría y fe, a lo razonable y justo en favor de los intereses nacionales. De la concordia surgieron Constituciones que rigen la convivencia nacional y dieron vigencia al Estado de derecho; los códigos de leyes, las instituciones democráticas que nos gobiernan, la salud y la educación públicas,el progreso para la dignidad de todos, y su mayor riqueza: la identidad cultural de un pueblo que todos los días confirma una contundente vocación familiar al trabajo y al estudio, a la paz y a la solidaridad fraterna. Retomar siempre y sostener en el tiempo la cultura del encuentro fraterno y el arte superior del diálogo, es garantía de una saludable vitalidad para nuestra bendecida Democracia.La Patria es un don recibido y la Nación una tarea constante de amor y sacrificio, que nos compromete a todos.[3] La unidad entre hermanos sigue siendo la ley primera…
El Venerable Papa Pablo VI, a quien Francisco beatificará en octubre próximo, fue quien sostuvo y llevó a término el Concilio Vaticano II,convocado por San Juan XXIII. Es al primer Papa, que en su peregrinación visitó América Latina, a quien le debemos inspiradas páginas sobre la doctrina del diálogo. Este arte de la comunicación espiritual contempla cuatro características. El primer carácter es la claridad de palabras y de ideas, porque es un ejercicio de las facultades superiores del hombre, y por lo mismo, vale la pena revisar nuestro lenguaje, ya que estamos ante uno de los mejores fenómenos de la relación humana. Otro carácter es, además, es la afabilidad, la actitud de Cristo cuando nos dice: «Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón.» (Mt 11,29); el diálogo deja de lado el orgullo, respeta al semejante y su autoridad es intrínseca por la humilde verdad que expone, por la caridad que difunde y por las razones que propone. Es pacífico, sabe esperar y es generoso. Hay un tercer carácter y es la confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del interlocutor; además promueve la familiaridad y la amistad social. Finalmente, la prudencia pedagógica, que tiene muy en cuenta las condiciones culturales, psicológicas y morales del que escucha.[4] La prudencia es una virtud de la acción, pero que no pierde de vista la dignidad del otro, ni lo denuesta. A estas cuatro notas, el Papa Francisco agrega que en una mesa de diálogo social, nunca deberá faltar el interés y la ocupación por los más pobres, los pequeños y más vulnerables, para “prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos”.[5]

Mirando a Santa María de Luján, la Virgen Madre de los humildes y mujer fuerte del Evangelio, la que ha puesto su esperanza en Dios y no quedó defraudada, le pedimos su bendición para seguir construyendo una Patria de hermanos.


                                                                             +Mario Aurelio Poli




[1]Homilía en el Te Deum del 25 de Mayo de 2012.
[2]Discurso del Papa Francisco en el Encuentro con la clase dirigente (Teatro Municipal de Río de Janeiro, 27 de julio de 2013).
[3]Cfr. Declaración de la Comisión Permanente de la CEA, 10 de marzo 2010.
[4]Cfr. Carta Encíclica EcclesiamSuam, de PP. Pablo VI, 6 de agosto del año 1964, 31.
[5] Exhort. Apost.EvangeliiGaudium, Papa Francisco, 2013, 198.

lunes, 19 de mayo de 2014

¡¡¡¡Ester tiene su cama ortopédica!!!! pero ¿Quién es Ester?

Llegamos a juntar la plata para la cama de Ester y sobró!!!

La solidaridad lo hizo posible...

Pero ¿Quién es Ester?

Una mujer fuerte y luchadora, casada con Patricio (laburador, hombre de gran corazón y dedicado a su mujer y familia). Madre de 6 hijos con 10 nietos y 1 bisnieta.

Sufrió polio a los 2 años. Los bastones y andadores desde siempre, y silla de ruedas desde hace 13.

Esos límites no le impidió formar y criar una familia.

Entregó su vida por la justicia social y los derechos humanos. Nunca bajo los brazos en su vida y menos ahora. Pero no daba más.

Como habíamos contado la vez pasada hace 9 años se  hace diálisis 3 veces por semana, y esta fracturada varias veces. Vive la gran mayoría del día en la cama.

Además de ello presenta una ileostomía hace 3 años consecuencia de una TBC intestinal.

Tiene como antecedente secuela motora de poliomielitis sufrida en la infancia.

Actualmente está padeciendo una necrosis digital en ambos miembros inferiores que avanza rápidamente.

Se encuentra postrada debido a la inmovilidad de miembros inferiores y el deterioro articular de miembros superiores.

Tiene como OS Profe, es trasladada en ambulancia, con cada vez con mayor dificultad para pasarla de la cama a la camilla, para la realización de su diálisis y para interconsultas.

Se encuentra a la espera de una angiografía por tomografía helicoidal para ser evaluada por cirugía vascular. Lamentablemente por errores administrativos esto se ha dilatado.

El principal síntoma que no le permite a transitar sus últimos días con la lucidez suficiente para descansar y compartir con la familia en paz es el DOLOR extremadamente intenso.

Con la aprobación de los nefrólogos que la asisten en su diálisis está tomando ibuprofeno 600 + tramadol 50 mg cada 8hs.

Sumado al resto de la medicación que se le fue incorporando principalmente en los últimos 2 años:
·         * Carbamazepina 400mg/d
·         * Pregabalina 150mg/d Ac.
·         * Tioctico 600mg/dia
·         * Cilostazol 50 mg/dia
·         * Levotiroxina 137mcg/dia (es hipotiroidea post tiroidectomía por carcinoma papilar)
·         * Calcio, complejo Vit B y C, eritropoyetina y heparina intradialisis.
·         * Omeprazol 40mg/dia.

Muchas gracias por ayudar. Detrás de un nombre hay una persona concreta, con una familia enorme, que ya había bajado los brazos.

Un “gracias” enorme de ellos y de todos los que los conocemos. Nos hace bien su vida de entrega y ejemplo.

Bendiciones para todos los que lo hicieron posible…

P. Javier (y la ayuda de Fidelis una de las hijas de Ester)