Jesús dijo: Te alabo,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los
sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque
así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo
sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el
Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y
agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí,
porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi
yugo es suave y mi carga liviana. (Mateo 11, 25-30)"Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Vida... eso les anunciamos" (1 Jn 1, 1.3)
sábado, 5 de julio de 2014
“Vengan a mi”
Jesús dijo: Te alabo,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los
sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque
así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo
sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el
Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y
agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí,
porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi
yugo es suave y mi carga liviana. (Mateo 11, 25-30)viernes, 20 de junio de 2014
Pan de los hijos... Homilía del Cardenal Mario Poli en Corpus 2014
Pan de los hijos.
Pan de la misericordia
CORPUS CHRISTI 2014
La fiesta del Corpus celebrada en el mes del Sagrado Corazón, abre generosamente a todos –de manera más abundante–, los tesoros de la misericordia divina, y nosotros hemos venido a decirle a nuestro Padre Dios, que deseamos renovar nuestra condición de hijos, compartiendo la Palabra y el Pan. De esta manera, nos unimos a toda la Iglesia Católica dispersa en el mundo, para rendir homenaje a Cristo e implorar su misericordia.
Esa bella poesía que llamamos Secuencia del Corpus Christi, nos dice: «El motivo de alabanza que hoy se nos propone, es el pan que da la vida». Y también: «Bajo la forma del pan y del vino que son signos solamente, se ocultan preciosas realidades». «Este es el pan de los ángeles, convertido en alimento de los hombres peregrinos, es el verdadero pan de los hijos…»[1].
En esta tarde, como peregrinos en esta ciudad de Buenos Aires, volveremos a tomar el pan de los hijos, de la misma fuente en la que celebramos el memorial del inmenso y sublime amor misericordioso que Cristo reveló en su pasión: la Eucaristía. En ninguna otra realidad humana, Dios en su gran misericordia, pone de relieve el atributo de la divinidad, significada en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo amado. Motivo por el cual, San Juan Pablo II nos enseñó que: «La Iglesia vive una vida auténtica, cuandoprofesa y proclama la misericordia –el atributo más estupendo del Creador y del Redentor–y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora».[2] El Papa Santo, que nos visitó dos veces, nos enseñó con énfasis que «Dios que “es amor” no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia».[3]
El bautismo nos hizo capaces de recibir, en la fe de la Iglesia, el Cuerpo y la Sangre del Señor, para que al tomarlos recibamos la gracia necesaria para el camino. Sí, nosotros creemos que bajo los signos sacramentales del pan y del vino, se ocultan las insondables riquezas del amor misericordioso, y en cada Eucaristía que celebramos, se abre la fuente de un amor inagotable, para que abrevando en ella, se cumpla el deseo de Jesús de unirse e identificarse con nosotros, saliendo al encuentro de todos los corazones heridos: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vidaeterna, y yo lo resucitaré en el último día».(Jn6,54).
Cuando Jesús nos dice: «El que me comevivirá por mí» (Jn 6,57), es una persuasiva invitación a compartir su suerte, porque Cristo en cada Eucaristía, nos ofrece su amistad, renueva su alianza, nos acerca su misericordia y vuelve a confirmarnos su opción por la vida, porque «Dios es fuente» (Sal 27,1) y «amigo de la vida» (Sab 11,26). Él ha elegido quedarse con nosotros, oculto detrás de la forma sacramental, pero bien visible en el rostro de los pobres, en los enfermos, en los que están en las cárceles, en el más pequeño de sus hermanos (cfr Mt 25, 40), en fin, en sus predilectos, los que nos dan una oportunidad de encontrarnos con Él, y practicar el amor misericordioso, que nos dejó como mandamiento nuevo. Cada vez que comemos su carne y bebemos su sangre, renovamos el deseo de servirlo como Él se merece en nuestros hermanos. Así, en toda Eucaristía, Jesús se hace prójimo, Buen Samaritano de nuestras debilidades, y en la comunión de su Cuerpo y de su Sangre, renovando su fiel amistad, vuelve a infundirnos la vida de Dios, y con ella, su amor misericordioso, el que nos identifica como sus discípulos. En cada eucaristía el amor misericordioso del Padre desborda todo lo previsible, y se hace virtud que vence a nuestro egoísmo, vuelve nuestro corazón hacia los pobres, nos hace más sensibles al dolor de los demás y nos abre al perdón de los hermanos.
San Juan XXIII, el Papa Bueno, al inaugurar el Concilio Vaticano II, soñaba con que la Iglesia volviera a mostrar al mundo el rostro misericordioso de Dios. Por eso, la presentaba como una «madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella». El Pontífice que tan bien interpretó y nos hizo pensar sobre los signos de los tiempos, nos presentó el rostro siempre nuevo de la «Esposa de Cristo que prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad».[4]
Al participar de las dos mesas, la de la Palabra y la del Pan, hacemos memoria del mandato del Señor que nos invitó a anunciar las insondables riquezas de su amor a todos los hombres: «El pan que yo daré es mi carnepara la Vida del mundo» (Jn 6,51). Cada Eucaristía se continúa en la misión evangelizadora, y ella lleva, con gestos y palabras, el mensaje de salvación que le viene de su Señor, siendo Él mismo, el primer evangelizador.
El Pan de la misericordia no puede quedarse en manos de unos pocos. Después de tener un verdadero encuentro con el Resucitado, en cada Misa, en cada reconciliación, no podemos guardarnos la alegría solo para nosotros mismos. «Dios que es rico en misericordia» (Ef 2,4), quiere que la fuente de su amor eucarístico se abra a todos los hombres de nuestro tiempo. El encuentro con Cristo eucaristía, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio. Saca afuera lo mejor de nuestro bautismo: nuestra condición de discípulos misioneros. La Eucaristía no sólo proporciona la fuerza interior y el entusiasmo para dicha misión, sino también, en cierto sentido, su ideario. En efecto, «la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura en que vive».[5] Para lograrlo, es necesario que cada fiel asimile los valores que el sacramento del amor expresa, las actitudes que inspira, los propósitos de vida que suscita.[6] No tengamos miedo, nos dice el Papa Francisco: «La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio».[7]
La fiesta del Corpus Christi concluye con la adoración del Santísimo. Cuando hagamos silencio para orar, agradecer, pedir, darle gloria e interceder por tantos hermanos necesitados de su amor, ante este misterio grande, misterio de misericordia, pensemos: ¿qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida.[8] No se guardó nada: todo lo ofreció sobre el altar de la Cruz, para la salvación del género humano. A nosotros, nos queda el desafío de comprometernos y anunciar el verdadero amor que perdona, consuela y salva.
Les pregunto: ¿quieren evangelizar para compartir el pan de la misericordia?
Mario Aurelio cardenal Poli
sábado, 31 de mayo de 2014
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA XLVIII JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
miércoles, 28 de mayo de 2014
Papa Francisco hablando sobre educación
De los Sermones de san León Magno, papa(Sermón 1 Sobre la Ascensión)
Comparto un extracto de un sermón de san León Magno preparando el corazón para la fiesta de la Ascensión
Aquellos días, amadísimos hermanos, que transcurrieron entre la resurrección del Señor y su ascensión no fueron infructuosos, sino que en ellos fueron reafirmados grandes misterios y reveladas importantes verdades.
En el transcurso de estos días fue abolido el temor de la muerte funesta y proclamada la inmortalidad, no sólo del alma, sino también del cuerpo.
En estos días, mediante el soplo del Señor, todos los apóstoles recibieron el Espíritu Santo; en estos días le fue confiado al bienaventurado apóstol Pedro, por encima de los demás, el cuidado del aprisco del Señor, después de que hubo recibido las llaves del reino.
Durante estos días, el Señor se juntó, como uno más, a los dos discípulos que iban de camino y los reprendió por su resistencia en creer, a ellos, que estaban temerosos y turbados, para disipar en nosotros toda tiniebla de duda. Sus corazones, por él iluminados, recibieron la llama de la fe y se convirtieron de tibios en ardientes, al abrirles el Señor el sentido de las Escrituras. En la fracción del pan, cuando estaban sentados con él a la mesa, se abrieron también sus ojos, con lo cual tuvieron la dicha inmensa de poder contemplar su naturaleza glorificada.
Por tanto, amadísimos hermanos, durante todo este tiempo que media entre la resurrección del Señor y su ascensión, la providencia de Dios se ocupó en demostrar, insinuándose en los ojos y en el corazón de los suyos, que la resurrección del Señor Jesucristo era tan real como su nacimiento, pasión y muerte.
Por esto, los apóstoles y todos los discípulos, que estaban turbados por su muerte en la cruz y dudaban de su resurrección, fueron fortalecidos de tal modo por la evidencia de la verdad que, cuando el Señor subió al cielo, no sólo no experimentaron tristeza alguna, sino que se llenaron de gran gozo.

